"Serrat y los poetas"

El reconocimiento a Serrat por su labor musicando poesía.

"El pájaro
de la soledad"

Ya está en las librerías el nuevo libro de poemas de Luis García Gil que recoge su poesía desde 2013 hasta 2019.

Apoteosis de Serrat en noche jerezana

Por Luis Garcia Gil | 26 julio, 2022 |
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Treinta años de aquella primera vez. Serrat frisaba la cincuentena y presentaba en noche de verano el disco Utopía en la Plaza de Toros de San Fernando, provincia de Cádiz por si el lector se me despista geográficamente. Debía ser el mes de agosto si la memoria no me falla. Camarón de la Isla había muerto un mes antes y había dejado enlutado el mar y enmudecida la isla de león y el mundo del flamenco. Más niño que hombre, a punto de estrenar mayoría de edad, Serrat ya era una referencia que escudriñar en un viejo tocadiscos durante las largas tardes de mi adolescencia.

Treinta años después Serrat canta en Jerez como parte de una gira en la que va despidiéndose de los escenarios del mundo. En cuarta fila me situó junto a mi mujer a la espera de esas canciones que son como un espejo en el que tantas veces nos hemos mirado. Durante todo el tiempo transcurrido durante estos treinta años gané y perdí. Gané el amor de una mujer que aún me ama y gané también una hija en el camino que crece hacia la pubertad. Perdí a mi padre demasiado pronto.

Traigo en mi equipaje de vida ganancias y pérdidas, lo que he ido forjando a lo largo de los años: la escritura de los días, el peso de las sombras, los desvelos, los sueños, las renuncias, los ecos.  Serrat sigue estando ahí, pero ahora sabemos que estamos llegando al final, que quizá este “Mediterráneo”, que nos roza la piel como un escalofrío en noche de verano jerezana, pueda ser quizá e irremediablemente el último “Mediterráneo” que le escuchemos.

Las canciones importan. Las de Serrat importan más. Trascienden. Pienso en las gentes que hoy hemos ido a despedir a Serrat. A mi lado se sentaba una madre con su hija veinteañera, ambas entregadas al repertorio del cantautor catalán, como ese legado fuertemente lírico que se traspasa de generación en generación, que una madre entrega a su hija como se entrega un tesoro.  Si me apuran diría que la hija estaba aún más conmovida que la madre.

¿Cuántas historias estrechamente ligadas a sus canciones podría contar el público que ha seguido a Serrat desde finales de los años sesenta hasta hoy mismo? Cuando Serrat grabó en 1974 “Romance de Curro el palmo” yo andaba en el vientre de mi madre. Un año debía tener cuando le dio cuerda a “El carrusel del Furo”, el mismo año de su exilio y del deceso del dictador Franco. Ambas canciones forman parte de esta última gira de Serrat. Son parte de su historia cantada. Como” Señora”, los machadianos “Cantares”, “Aquellas pequeñas cosas” o “Lucía” que Serrat escribiera o compusiera antes que yo viniera al mundo. Todas ellas fueron cantadas por Serrat con esa manera única de entender el oficio y el escenario, de dialogar con su público cuando es preciso, rehuyendo de la peligrosa nostalgia, pero asumiendo una cierta melancolía. De pronto llegaron “Pare” y la bilingüe “Cançó de bressol” y brillaron mis ojos con la emoción lacrimosa de escuchar a Serrat en catalán, en esa lengua que hice mía gracias a él.

Todo había empezado con Miguel Hernández y el “Dale que dale”. Del poeta oriolano llegaron más tarde el estremecimiento de las “Nanas de la cebolla” y la expresividad combativa de “Para la libertad”. Las canciones eternas fueron sucediéndose. Es cierto que en las antologías de Serrat no suele haber lugar para las sorpresas o para los rescates. Que cantara “De vez en cuando la vida” o “Hoy por ti, mañana por mí” puede ser de lo más ligeramente sorpresivo, aunque lo es más que haya desempolvado “Los recuerdos” de Versos en boca que en Jerez no cantó.  Sí sonaron “Penélope”, “No hago otra cosa que pensar en ti” o “Tu nombre me sabe a yerba” que casi siempre suelen ser de las muy titulares. En cambio, hay otras canciones que han quedado como olvidadas, pese a la enorme calidad que atesoran. De todos modos, es lógico que Serrat no quiera enredarse en un tipo de propuesta alternativa y busque complacer al público que va a verle, a veces perezoso con el repertorio de su ídolo, sin saber ver más allá de la relación inevitable de grandes éxitos.

Pero no puede haber reproche. Ir a escuchar a Serrat, ir a verle cantar es encontrarse con nosotros mismos y es reconocernos en aquellas canciones por las que no parece haber pasado el tiempo y su feroz sacudida. Incluso al cerrar los ojos hay quien todavía cree encontrar en la voz de Serrat al joven soñador de pelo largo que acababa de publicar Mediterráneo cuando casi todo estaba por llegar. Y ahora de casi todo -lo dijo el propio cantautor- hace ya cincuenta años.

Cincuenta años de Serrat cantando a Miguel Hernández y treinta de aquella utopía proclamada el año del fasto olímpico y de la primera vez que fui a verle. ¿Cuántos recitales de Serrat nos contemplan? ¿Cuánta verdad derramada en cada uno de ellos? ¿Seguimos siendo nosotros los mismos de entonces? Nos queda al menos la ráfaga de una canción, de un acorde, de un suspiro con forma de guitarra.

San Fernando, Cádiz, Madrid, Barcelona, París, Sevilla, Córdoba, Granada o Jerez. De Utopía a El vicio de cantar. A solas con la guitarra o con la complicidad de sus músicos, con orquesta sinfónica o sin ella, con Sabina o sin Sabina, con disco nuevo o sin él. Serrat en los escenarios del mundo. El piano de Miralles y el tiempo detenido de las canciones que nunca se fueron de nuestro lado. Y la resacosa “Fiesta” sonando en Jerez como una despedida que abriera una grieta en nuestros corazones. Aún queda futuro -dijo Serrat- y es preciso creerle. Ese futuro en el que seguiremos escuchándolo con la emoción del primer día.

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