SARCÓFAGO: AUTE Y THANATOS
Entre el amor y la muerte, Luis Eduardo Aute camina poética y musicalmente por los años setenta. La emblemática e hímnica “Al alba” ya era una canción de amor y muerte atravesada por el acabamiento de una relación y fruto de un contexto represivo.
Aute hilvana a partir de Rito una trilogía concienzuda de amor y muerte. A Rito le sigue Espuma y luego llega Sarcófago que iba a llamarse Rupturas. Y entre medias el humor y la irreverencia de Babel o del disco dedicado a Antonio Fraguas Forges, pasodoble incluido.
La muerte es aquello que le pasa a los demás, venía a decir Paul Valery. En el irrespirable franquismo que agoniza había también algo de atmósfera opresiva y mortuoria. Aute grabó Sarcófago en 1976, un año de pólvora y expectativa, con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente, antes de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. También se crea el periódico El País, clave como altavoz de una nueva sensibilidad naciente, fruto de los nuevos tiempos que estaban llegando. Entre huelgas y agitaciones sociales, entre el franquismo sin Franco y la izquierda renacida de sus cenizas, recitales bajo vigilancia de Llach o Raimon, Aute grabó un disco suicida y hermético, un mortuorio ejercicio conceptual de libertad que entroncaba con su propio devenir poético de liturgias, espejos y matemáticas.
Amor y muerte, es decir Love and death tituló Woody Allen una de sus películas de aquella época, en España conocida como La última noche de Boris Gruchenko, empapada de literatura rusa, tentativa de comedia sui generis con guiños a Tolstoi y a Dostoievski. Una de las citas que ilustraban el disco era del cineasta neoyorkino: «Yo solamente creo en el sexo y en la muerte».
Aute se asomaba al precipicio. Pinta y escribe incesantemente y hasta firma la banda sonora de la película La viuda andaluza con Barbara Rey de protagonista, es decir cine de destape. Aparte de estas colaboraciones cinematográficas que despacha con profesionalidad, está a punto de emprender un giro musical, primero con Teddy Bautista, luego con Luis Mendo. La transición confirmará a Aute como un cantautor que ensanchaba horizontes.
Pero antes está Sarcófago que se moverá entre el existencialismo y el nihilismo con canciones mínimas muy crípticas, pero bien arropadas musicalmente. En la portada del disco figuraba una pintura de Aute de una maternidad con un feto numerado en sus distintas partes. La pintura, la canción, la poesía van aconteciendo de forma natural. En sus discos Aute comparte algunas de sus pinturas, estableciendo un diálogo entre lo pintado y lo cantado. En este caso el cuadro “Embarazo, premonición intrauterina” anuncia las canciones de Sarcófago. En su más que recomendable libro sobre la pintura de Aute, Antonio Álvarez del Pino describía la obra en su alternancia de elementos figurativos con cubistas y surrealistas. «Una maternidad -en palabras del pintor gaditano- pero no cálida y dulce, sino inquietante» con un perturbador feto.
Sarcófago no busca un gran número de oyentes y define al Aute más experimental que se acoge al famoso verso de Jaime Gil de Biedma: «Envejecer, morir/ es el único argumento de la obra…» que cantará Miguel Poveda que a su vez grabará “Prefiero amar” del propio Aute, en un cruce de universos liricos y flamencos.
El poeta barcelonés había coincidido con Gumersindo, el padre de Aute, en la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Gil de Biedma era el hijo del mandamás, supervisor a su vez de la compañía, y Gumersindo era el jefe de la sección de compra de aceite de coco. Cabe imaginar, ya a posteriori, a Aute hijo encontrándose en Barcelona con Gil de Biedma, evocando brumosamente aquellos años tabacaleros y filipinos, en las noches de Bocaccio, tan propicias para la conversación, el flirteo y el desahogo alcohólico. De esos encuentros nacerá un proyecto para que Aute ponga música a los versos de Gil de Biedma con la intención de que los cantara Marisol que termina grabando en los años ochenta, antes de su retirada, todo un disco con canciones de Aute, pero sin poema alguno de Gil de Biedma.
A todo ello nos lleva la cita de Gil de Biedma en Sarcófago, un disco de poemas cantados, provenientes del libro La matemática del espejo, poemas escritos en un verso libre, dificultosos, por tanto, a la hora de hacerlos cantables y de encajarlos melódicamente.
El disco comenzaba con “Tímido suicidio en ayunas” que ya marca las intenciones del disco. Apenas duraba dos minutos y ya establecía un diálogo inquietante y atmosférico de flautas y violonchelo. Establecía un cierto cambio de registro “Una ladilla”, poema inaugural de La matemática del espejo y una de las mejores canciones de todo el conjunto, juguetona y cambiante, entre el charlestón desenfadado y el gusto melódico que evocaba pasajes de Rito o Espuma.
Los títulos ya son indicativos de unas canciones que jugaban con el sarcasmo y también con la cinefilia propia de Aute que mezclaba en “Una ladilla” Jean Luc Godard con Gary Cooper y Grupo Salvaje de Sam Peckinpah con Marilyn Monroe o Barbara Steele. Aute perfila una suerte de autorretrato irónico en el que se ve como poeta y mago, hijo bastardo del cine, de los teóricos de Cahiers du cinema y de la carnalidad de Marilyn Monroe. Una canción-collage con guiños publicitarios, francofilia y continuos juegos de palabras.
Aute, ya en la treintena, acumulaba experiencias vitales y artísticas. Conoció el relámpago de la fama, se desengañó de la canción, se agitó entre pinceles y finalmente volvió a ser canción, poniéndose bajo el manto protector del jerezano José Manuel Caballero Bonald que, además de poeta, novelista o flamencólogo, fue también disquero dentro del sello Ariola.
En el poema “Efemérides” Aute lanzaba un dardo funeral: «Nicho dilatado/llamado/ mundo» que podría ser divisa de Sarcófago. Lo onírico, lo irracional es parte de la poética que Aute desarrolla en La matemática del espejo y traslada a Sarcófago. “Tímidos suicidios en ayunas” –título más que definitorio- lo encabezaba una cita de un poema de Leonard Cohen que no se cita en el disco. Aute percibía ya entonces en el canadiense un referente.
“El terror que producen las uñas”, “De un tiempo a esta parte” y “La pintura de Antonio Saura” constituían los siguientes capítulos del disco, entre el surrealismo, el irracionalismo y el homenaje pictórico. En todas ellas hay un esfuerzo por trenzar melodías sutiles que de algún modo opaquen la inaccesibilidad de los poemas cantados.
Hay canciones en Sarcófago como fogonazos que se acogen a la brevedad máxima a la manera de aquellas 24 canciones breves de finales de los años sesenta. Es el caso de “Todo va bien” en la que canta:
El involuntario agujero que cavas
para mí —a mi medida y súplica—
pues tan culpable soy como ese cuerpo tuyo
que me acuna con espejos rotos.
La palabra agujero ya daba título a una canción anterior de Aute, “Rito de agujeros y cipreses” cuya atmósfera íntima y reconcentrada concordaba con la que recorría Sarcófago, solo que en este disco el sentido de lo lúgubre es mayor.
Como final de la cara B Aute escogía “El dolor cumplido”, otro fogonazo breve, aguafuerte de maternidades que venía a ser un viaje al origen, al nacimiento, a la concepción humana desde el dolor del vientre femenino de donde viene la vida misma. Esta canción ilustraba la pintura que servía de portada al disco con esa referencia al feto maduro.
Y al fin
el más inhóspito de los habitantes
te morará como un feto maduro
y se consumará
el lógico parto último
sin la más mínima mutilación umbilical.
Después, el ritual de abrocharte
a modo de cicatriz o medalla al valor,
con la serenidad fatua del dolor cumplido,
dejarás de convivirte.
La vida pasa presurosa y apenas hay lugar para los instantes provistos de calma, de quietud luminosa al modo de una marea baja que abrazase la primera luz del día. Sarcófago es un disco crudo y existencial que le cantaba a la más humana incertidumbre. “Una vez más” que abría la cara B del viejo vinilo trataba sobre la angustia y el vacío serpenteante tan filosóficos, entre la taquicardia y el miedo, los ansiolíticos y la imagen tan expresiva del «fuego helado -bello oxímoron- en la boca del estómago». La palabra latido -tan del universo de vocablos de Aute- y la palabra suicidio compartían estrofa.
Resultará toda una experiencia creadora sumergirse en estos textos propios, cantar lo que en principio parece no prestarse a ser cantado, este equipaje de versos libres de ataduras como “Un sarcófago lleno de muñones”, que incluía el título del disco, y en el que el revolucionario francés Marat, que pintara Jacques Louis David muerto en su bañera, comparte plano con la actriz Jayne Mansfield, otro mito caído en desgracia –como Marilyn Monroe- que encajó mal golpes de la vida y encontró a la muerte antes de tiempo.
El onirismo gótico de Aute, a lo Edgar Allan Poe, imaginaba un sarcófago levitando y un pájaro embalsamado descendiendo en la noche. Los versos finales culminan con cierta ironía esta nueva rareza del repertorio más oscuro del Aute de los años setenta:
(…) Me duele la cabeza a guerra civil
y no me alivian ese par de aspirinas
bayer
que me ofreces con tan buena voluntad.
A “Un sarcófago lleno de muñones” le seguía en el disco “La matemática del espejo”, poemario de Aute que lo inspira. En estos ocho versos el hermetismo del conjunto se concretiza con la referencia específica al «tiempo retenido por la matemática del espejo».
Como en Rito o en Espuma, los arreglos llevaban la firma del guitarrista y tanguista argentino Juan Carlos Zamboni, conocido artísticamente como Carlos Montero al que Aute retrataría de perfil en plano medio, en un óleo de blancos, negros y grises, donde también se vislumbra una guitarra de la que vemos las cuerdas y parte de la boca, ocultado el mástil. Son años en los que Montero presta a las canciones de Aute una impronta más bien clasicista, arropada por una cálida y envolvente instrumentación, en la que importan la delicada entrada en escena de los instrumentos de cuerda.
En los créditos del disco se hacía constar -no siempre sucedía de este modo- el nombre de los músicos intervinientes con el gran Pedro Iturralde al saxofón, José Oliver, Vicente Martínez y José Domínguez a las flautas y con tres pianistas acreditados: Manuel Borriño, Agustín Serrano y Benjamín Torrijo. Las guitarras que se escuchan en Sarcófago son las de Carlos Montero y Fernando López Gómez. Completaba la relación musical Tito Duarte a la batería y Eduardo Medina al contrabajo sin olvidar la presencia del donostiarra Pedro Corostela al violonchelo, que fallecería en 2020, el mismo año que Aute.
La producción del disco, grabado en los estudios Audiofilm de Madrid, recayó en José Manuel Caballero Bonald y como ingenieros de sonido figuraban Antonio Morales y Fernando Brasó. Antonio de Benito y Gumer Fuentes se encargaron de la parte fotográfica.
De hecho, al abrir el elepé, aparte de la reproducción de las letras de las canciones, figuraba una foto de Aute, pensativo, como desatendiendo el objetivo de la cámara que le retrata, ya con barba, jersey negro de cuello alto, y un cigarro, que podría ser de la marca Rex, en sus últimas bocanadas, con la ceniza a punto de caer. Es el Aute de 1976 con la mirada siempre puesta en el futuro, en el deseo de proyectar su mirada en nuevos desafíos.
Las canciones de Sarcófago presentaban una dificultad extrema para sobrevivir en el repertorio futuro del cantautor, pero habrá un par de excepciones. “Una ladilla”, con su punto jazzístico e irónico, que recuperará en el segundo volumen de Auterretratos, trilogía de seis discos en la que Aute regraba muchas de sus canciones, asomándose, con una mirada renovada, al siglo veintiuno. La otra excepción fue “El ascensor”, que, apostaba por una cierta construcción narrativa, ajena al resto del disco.
Esta canción formará parte del emblemático directo Entre amigos, grabado en el madrileño Teatro Salamanca, y luego también de ese segundo volumen de Auterretratos en el que las canciones recuperadas sonaban bajo otro prisma musical y distintos arreglos. Aute sitúa en “El ascensor” a un hombre y una mujer que se quedaban encerrados y a partir de ahí comenzaba entre ellos un juego erótico y claustrofóbico, inserto publicitario incluido, porque aquel 1976 llegó el primer spot de los limones salvajes de la marca de perfume Fa.
Aute usaba en la canción la primera persona para terminar conduciéndola hacia el territorio de la crónica de sucesos, del frío teletipo informante, en forma de abrazo histérico y desesperado de los inusitados amantes con lo que Aute funde aquí, a la manera de un cortometraje de los que él mismo rodaba, sexo, muerte e ironía. Las armonías musicales de todo el disco inciden en la trasmisión de una cierta melancolía, pero en “El ascensor” hay un cambio de tono que aceleraba la canción hacia el desenlace. Era el mismo efecto de “Una ladilla”.
La canción o poema mínimo “La piel deliberada” situaba al disco hacia su final que llegaba con el aire de despedida funeral de “Pálidas campanas de mediodía” con aires de marcha fúnebre y con “Después de las rupturas” que evocaba el título que iba a tener el disco: Rupturas. Aute evocaba en “Pálidas campanas de mediodía” «sábanas matrimoniales hinchadas» y en “Después de las rupturas” al «viento que debilita el paisaje». Aute culminaba de este modo un repertorio de imágenes oníricas atravesadas por lo mortuorio o por una idea de la muerte que podía significar muchas cosas.
En la revista disco expres, N.º 384 de finales de julio de 1976, se anunciaba la publicación de otro álbum de Aute, Babel, canciones satíricas fechadas en distintos años, en las antípodas del futuro e inminente Sarcófago. El titular era claro: Luis Eduardo Aute entre el amor y la muerte, como nombraba su trilogía discográfica de los setenta, que había nacido de una manera accidental, tal como afirmaba en la entrevista, a partir del primer disco titulado Rito que incluía ya canciones de amor y muerte. Eros y Thanatos, algo de esa dualidad tan barroca en cuya imaginería se cruzaba la idea del tempus fugit con la del memento mori. Para Aute la muerte podía significar también incomunicación, desesperación, hasta ambigüedad.
En aquel momento Sarcófago era todavía Rupturas. Insistía el cantautor de origen filipino en su rechazo de la canción con mensaje social, protestataria. «Odio comunicar ideas, prefiero comunicar sensaciones a través de la música y de la poética». Sarcófago respondía a esas sensaciones en una época en la que era reacio a cantar en público, argumentando que tocaba muy mal la guitarra. Entre el humo y azar, Aute insistía en que lo suyo era la pintura.
La senda de la canción seguía siendo incierta y Sarcófago era más bien un disco de difícil asimilación, rareza en toda regla, pero muy próximo en lo musical a Rito y Espuma, aunque menos inspirado lo que no le resta interés a oídos del presente, por esa manera de conducirse de Aute en la canción tan libre e insobornable, tan absolutamente suya.
En cierto modo esta grabación de 1976 representaba el final de una etapa y de una trilogía. En el horizonte futuro vendrían, bajo otras sonoridades y con un lenguaje distinto, Albanta, De par en par y Alma con la aparición de Luis Mendo como piedra angular musical.

