LA VIDA EN LOS MUNDIALES

El día que Iniesta le dio el Mundial a España, Sudáfrica 2010, nació mi hija. La felicidad del hincha de la selección coincidió con la mía como padre. En cierto modo, para quienes nos gusta el fútbol, los Mundiales que acontecen cada cuatro años marcan nuestro propio devenir: los asociamos a momentos de nuestras vidas. En mi caso, el nacimiento de mi hija, fecha a partir de la que ir hacia atrás o hacia delante.

Yo nací el año que Holanda, la Naranja Mecánica, con Johan Cruyff al frente, catorce a la espalda, futbolista pop por antonomasia, como Georges Best, maravilló en el Mundial de Alemania, que no ganaron porque lo ganó la Alemania del cancerbero Maier, del Kaiser Franz Beckenbauer y del melenudo Paul Breitner, que jugaba en el Real Madrid de Santiago Bernabéu. Hay selecciones que, aun perdiendo, se tornan eternas, y Holanda lo fue, entre Johan Neeskens y Johnny Rep, que luego jugó en el Valencia.

Nací con la Holanda de 1974 y apenas debía de andar por el jardín de infancia cuando se disputó el Mundial de 1978, infame por todo lo que atañe a la dictadura argentina y al general Videla, pero que también evoca a aquella vibrante albiceleste, todavía sin Maradona, con Menotti en el banquillo y Mario Alberto Kempes como artillero, medias caídas y melena al viento porteño.

Con ocho años fui de la mascota Naranjito y de Juan Gómez Juanito en el Mundial de España, en el que nuestra selección mordió el polvo, pero encontré —muchos lo hicieron— consuelo en la Italia de Paolo Rossi y del romano Bruno Conti, una feliz alternativa, como también la encontré en el Brasil de Sócrates y de Zico, Pelé blanco, finta y vértigo carioca en aquel memorable partido que contó magistralmente en un libro Piero Trellini. Piero era el nombre del bóxer de mis tíos y de mis primos, de la hermana de mi padre, cuando jugábamos a los tapones y mi selección era aquella Perú rojiblanca de Teófilo Cubillas.

Todo ello conforma una sentimentalidad futbolística que me lleva, cuatro años después, a México, ya adolescente, con la gloriosa tarde de Butragueño en Querétaro tatuada en la piel del recuerdo y aquella Quinta del Buitre que mereció haber llegado a semifinales y jugarse la final con la Argentina del apodado Pelusa, rey de Nápoles, amo y señor de la cancha, regate eterno, mano de Dios y gol antológico contra la selección inglesa, regateando hasta su propia sombra.

En Italia 90 la vida todavía no iba en serio, con la Alemania de Lothar Matthäus imponiéndose en la final, de penalti, a Argentina, revancha de México. En el verano del Mundial de Estados Unidos, cuatro años más tarde, comprendí el poema de Gil de Biedma tras perder a mi padre en el mes de febrero. El partido de España contra Italia, el del codazo de Tassotti a Luis Enrique, lo vi en Punta Umbría, Huelva, y ahí se me cuela, entre mosquitos de estío, la figura de mi tío abuelo y tío de mi padre, Cayetano Gómez Lobo, fotógrafo de estampas cotidianas en blanco y negro.

Aquella España de Javier Clemente, como antes la de Miguel Muñoz, y antes la del montevideano José Emilio Santamaría, y antes la de Kubala, que solía caer en cuartos de final e incluso antes. Lejano en el tiempo, el mítico gol de Telmo Zarra a los ingleses, Brasil 50, Mundial del Maracanazo, España de posguerra de estraperlo, tranvía y cartillas de racionamiento.   Mi padre, nada futbolero, en la juventud temprana, que diría Antonio Machado, buscándose en poemas, tentado por el seminario, finalmente hombre en la búsqueda de sí mismo. Mundiales de los cincuenta, fútbol de antaño, balón de cuero pegado al pie que conducía el mismísimo ángel de piernas torcidas, Garrincha, al que cantó Zitarrosa como Calamaro le cantó a Maradona.

Los Mundiales y la vida misma. Inglaterra 66, cuando nació mi hermano Daniel, futuro médico; otra vez Beckenbauer, brazo en cabestrillo en México 70, y ya liderando en el Mundial de Inglaterra a la selección alemana. Pasan los Mundiales y pasamos nosotros. Mi otro hermano, José Manuel, poeta en la senda de Carlos Edmundo de Ory, tenía cinco años cuando la Brasil de Pelé, en donde también jugaba un genio del balón llamado Jairzinho, finta que te finta, driblando contrarios.

El mismo año del Mundial de México, mi padre fundó un colegio. Los años que se fueron y los jugadores de antaño que también pasaron: estética con balón, de Enzo Francescoli a otro Enzo apellidado Scifo, belga como Jacques Brel, figurita que me traje de Bruselas durante mi viaje de boda con la mujer que sigo amando; de Scifo a Michel Platini, camiseta por fuera; y de Platini a Rafael Martín Vázquez, mascarón de proa, verso de la Quinta, Mundial de Italia 90 antes de irse al Torino donde también jugó Scifo.

Los Mundiales de la victoria y la derrota, de la risa y el llanto, la vida misma, acordes y desacordes. El no gol del Flaco Cardeñosa en Argentina 78 frente a Brasil, o el no gol de Míchel en México 86, también frente a Brasil. Memorias de partidos y también de narradores como José Ángel de la Casa, siempre atemperado, nada que ver con el rugido impresentable y vociferante de algunos periodistas de nuestros días.

El gol de Iniesta, mi hija que nace y que crece Mundial a Mundial: Isco Alarcón, genio y figura en el Mundial de Rusia 2018; Leo Messi ganando el Mundial con Argentina que la historia le debía, en Qatar. Y en cada Mundial, la indigna FIFA, los tejemanejes, los asuntos turbios, las teocracias y autocracias perfectamente blanqueadas, porque todo es negocio, dinero y ansia de poder.

Pero, más allá, los Mundiales que fuimos, los partidos que olvidamos, aquella vieja revista Don Balón manoseada, aquellos veranos de infancia, luminosos, playeros y también radiofónicos. Si tocaba perder, era mejor frente al mar. Los Mundiales que no vi pero indagué en libros tan fabulosos como El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, entre el portugués Eusébio, el camerunés Roger Milla y el italiano Dino Zoff, portero eterno bajo los palos de la memoria futbolística.

Hay un poema con algo de elegía sobre los Mundiales idos, porque nos hemos ido haciendo viejos Mundial a Mundial, entre quienes imprimieron la leyenda y quienes fueron más bien barro deshaciéndose entre los dedos, historia que se olvida, que nadie retiene.

El fútbol vivido, soñado, esculpido; el que tiene música de tango o samba, según se mire, y también practiqué en los campos de juego, en las playas de Cádiz, como si fueran las de Río de Janeiro, donde siempre podía esperarse la aparición fantasmal de un doble de Mágico González, mundialista, por cierto, con la selección de El Salvador en España 82.

Todos los Mundiales y todas las vidas. Mi propia vida frente al espejo cada cuatro años, del niño al hombre que camina ya por la cincuentena, lejano el tiempo en el que los futbolistas mundialistas podían tener la misma edad que yo tenía.