Biotaxia (1968)

Disfruto mucho con algunas rarezas cinematográficas que pueden ser tachadas de irritantes. Es el caso de Biotaxia, palabra que define el estudio de la morfología de los seres organizados y su clasificación. En ella Nuria Espert deambula por Barcelona noche y día con música de jazz de fondo. Obra que responde a las muchas inquietudes del cineasta José María Nunes, que un año antes rodara la extraordinaria Noche de vino tinto.
En Biotaxia también hay borrachera y vino tinto pero trata a grosso modo de un adulterio. La película constituyó un fracaso absoluto de público y crítica, allá por 1968, muestra de la libérrima Escuela de Barcelona.
La arquitectura de Antoni Gaudí sirve de metáfora de ese spleen que sacude a la protagonista, curiosamente abstemia.
Vista hoy, la película fascina por la libertad de su mirada y por lo que supone de retrato de la propia Espert, que hace casi de sí misma y no se prodigó mucho en el cine.
La película se abre y se cierra con el rostro petrificado de Espert en un primer plano que se dilata de manera inmisericorde si el espectador es impaciente.
Lo que debe celebrarse, entonces como ahora,  es lo que Biotaxia tiene de búsqueda artística y de mirada a una Barcelona portuaria que ya no existe. Y es fruto además de un cineasta singular que había nacido en Faro, Portugal, el mismo año que mi padre vino al mundo, es decir, 1930.