París por Mayo
Regresé a París por mayo, en la mejor compañía. Cuando me preguntan a dónde me gustaría viajar, suelo responder: «yo lo que quiero es volver a París», porque es una ciudad inagotable, de vastísima cultura, en la que a uno le gustaría ejercer de eterno paseante o flâneur por sus bulevares y elegir el café donde abrir un cuaderno y escribir la novela tantas veces interrumpida. Todo eso que recreaba maravillosamente bien Enrique Vila-Matas en París no se acaba nunca, entre Ernest Hemingway y Marguerite Duras, entre la bohemia, la buhardilla y el cine tantas veces habitado.
Antes de ir a París regresé a La maman et la putain, la película de Jean Eustache de 1973, una de mis diez películas de la historia del cine, una obra maestra en blanco y negro, triángulo amoroso de atmósfera parisina y café en Les Deux Magots. Uno se siente concernido por ese personaje un tanto a la deriva al que da vida Jean-Pierre Léaud, entre el spleen y el existencialismo, con la resaca del mayo francés envolviendo toda la película.
Charles Aznavour decía amar París en el mes de mayo. Fui en busca de su busto en el Carrefour de l’Odéon, distrito sexto de París, tras salir del Barrio Latino, distrito quinto, donde volvimos a recorrer la Rue de la Huchette, acordándome de Julio Cortázar y de su parisina Rayuela, mapa desplegado:
Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas; cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce, que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos.
La Rue de la Huchette y la estrechísima Rue du Chat-qui-Pêche, laberintos del viejo París por donde corre y sueña el Sena bajo los puentes. La ciudad eterna en la pupila del viajero que huye, entre los libros viejos de los buquinistas y la imponente Catedral de Notre Dame, con sus gárgolas, su Victor Hugo y también el recuerdo del fuego sobre su honda memoria de siglos.
París y la cinefilia, como el ejemplar que me compro de Cahiers du cinéma y como ese viejo cine de Montmartre, Studio 28, que alabó el mismísimo Jean Cocteau y me sale al encuentro, camino del Moulin Rouge, tras saludar el busto de la cantante Dalida.
París es el Museo del Louvre, tan infinito, donde me recreo frente al lienzo «La muerte de la Virgen» de Caravaggio, piedra de escándalo de la época, o en la exposición temporal que juntaba a dos titanes de la escultura: Miguel Ángel y Auguste Rodin. París es también contemplar la Torre Eiffel a la caída de la tarde, soñar con el poema y dejarse sorprender por lo inesperado, como la renacentista Fuente de los Inocentes, muy cerca de Les Halles, donde me pierdo en la FNAC, en la sección de discos franceses, donde la canción es eterna y nunca pasa de moda. También busco y encuentro libros de cine, como el que Laurent Delmas ha dedicado a Jean-Paul Belmondo, bellamente ilustrado.
Con la figura de cera de Belmondo me fotografío en el Museo Grévin, en el Boulevard de Montmartre, al lado mismo del Pasaje Jouffroy, que siempre es un deleite cruzar, con el muy evocador Hôtel Chopin, que nos lleva hasta el París melómano. Fue en París donde el músico polaco Frédéric Chopin halló la muerte antes de cumplir los cuarenta, y es en París donde está enterrado, en el Cementerio del Père-Lachaise.
Busqué por París el fantasma de Jean Cocteau, que tuvo su noche gaditana, que relaté en un libro, y también busqué a François Truffaut y a Jacques Brel, también personajes de mis libros. Todo lleva hasta París. Cuando llegamos al aeropuerto de Orly pensé en aquello que no pude ver y en los distintos yoes que me habitaron, de la adolescencia a la madurez, y que se dejaron deslumbrar por esta ciudad inagotable desde aquella primera vez, con apenas catorce años, en compañía de mis padres.
