Serrat en el exilio

Corría el mes de enero de 1976 y en esos días de invierno Lluis Llach ofreció una serie de recitales en el Palacio de los Deportes de Barcelona que forman parte de la historia misma de lo que se había dado en llamar Nova Cançó de la que el gironés fue parte. En el disco resultante, Gener 76, se palpaba la atmósfera del momento, el anhelo de democracia, al grito unánime de «amnistía y libertad» tras la muerte del dictador Francisco Franco apenas un par de meses antes, el 20 de noviembre de 1975.

En aquel tiempo la convulsión política era evidente. Mientras Llach se erigía en símbolo cantor de un tiempo nuevo, Joan Manuel Serrat penaba en el exilio tras condenar públicamente en México los últimos fusilamientos del franquismo de septiembre de 1975 a los que se vincula erróneamente la canción “Al alba” de Luis Eduardo Aute.

Serrat había publicado en septiembre de 1975 el disco …Para piel de manzana, que fue retirado de la circulación cuando el cantautor barcelonés realizó aquellas valientes declaraciones por las que volvió a ser declarado enemigo de la patria «una, grande y libre» que el franquismo proclamaba a los cuatro vientos. Habían pasado siete años del escándalo eurovisivo del “La, La, La” y -vinculado a aquella renuncia de 1968- un año de que se le levantara el veto y pudiera regresar a TVE, dentro de los recitales en directo que se agrupaban bajo el título A su aire.

A …Para piel de manzana, le pesaría su condición de disco maldito. Algunas canciones llegó a presentarlas en el parque de atracciones de Madrid en ese mismo mes de septiembre en un recital que grabó TVE pero que nunca fue emitido por la condición de proscrito que se le impuso al cantautor por sus declaraciones contra la pena de muerte y el franquismo. Muchos años más tarde el recital fue desclasificado, constituyendo un extraordinario documento de aquel Serrat pletórico de mediados de los años setenta al que acompañaba un extraordinario plantel de músicos: Ricard Miralles, al piano y a la dirección musical, Gabriel Rosales a la guitarra, Enric Ponsa al bajo o Juan José Tudurí alias «el Pipo» a la batería.

…Para piel de manzana era un disco que agrupaba algunas estampas barcelonesas, impregnado de cotidianeidad, de poética del barrio, y en el que Serrat parecía buscar otro camino en su escritura. Se trataba de su primer disco con Ariola tras sus años con el sello Zafiro con el que había grabado todos sus álbumes en castellano hasta 1974. También había quedado definitivamente atrás su relación con su mánager José María Lasso de la Vega, un tipo singular, con sus particularidades y extravagancias, pero clave en su proyección internacional.

“Piel de manzana”, “La casita blanca”, o “La aristocracia del barrio” eran parte de aquel disco de atmósfera barcelonesa, tan expresivo como evocador en sus textos, entre lo marginal y lo popular, con personajes pululando por las Ramblas, faenando en una obra o que constituían la memoria de las cenizas de una vieja casa de citas, ubicada en la calle Bolivar 2-4, esquina con Ballester y la Avenida de Vallcarca.

Con todo aquellas fueron unas canciones sometidas a ese exilio del cantautor, y, por tanto, silenciadas. Algunas como la que dibujaba el entrañable tiovivo de luz y de color de “El carrusel del Furo”, que así apodaban a su abuelo materno, natural de Belchite al que mataron en la Guerra Civil Española. La feria reparadora de “El carrusel del Furo” resistiría en el repertorio del cantautor hasta su última gira, El vicio de cantar, y tendría hasta su versión sinfónica en el disco que Serrat grabó en 2003 con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC).

También había en aquel disco de 1975 delicadezas amorosas como “A ese pájaro dorado” o vinculadas a la idealización de la naturaleza como la arcádica “Conversando con la noche y con el viento.”  Añádase al conjunto el enternecedor retrato de un perro díscolo en “Malasangre” y la prodigiosa y charnega historia por rumba titulada “Caminito de la obra”, otra muestra más de ingenio por parte del cantautor. A su nómina de poetas cantados se incorporaba el heterodoxo poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal en el “Epitafio para Joaquín Pasos”.

Pero el disco se quedó en una especie de limbo, retirado de las tiendas. El cantautor catalán había tomado partido. Curiosamente fue el único, entre los cantautores, de aquella España del tardofranquismo que se vio obligado a ese exilio forzoso que duraría once meses hasta su regreso en el mes de agosto de 1976.

Once meses de extrañamiento en el que el cantautor no se sintió con fuerzas para escribir canción alguna, pero sí fue girando por toda América, también la estadounidense, con recitales muy especiales en los que incorporó canciones de otros artistas que mostraban compromiso y militancia, caso de “La vida no vale nada” de Pablo Milanés, guiño a la Nueva Trova Cubana, y del que diez años más tarde grabaría “Yo pisaré las calles nuevamente” para el disco Querido Pablo.

Otra canción que formaría parte de su repertorio en el exilio fue “La poesía es un arma cargada de futuro”, poema de Gabriel Celaya al que había puesto música Paco Ibáñez. También versionó en aquellos recitales “No sé por qué piensas tú”, poema del cubano Nicolás Guillén al que Horacio Guarany puso música y grabó en 1958 y que el cantautor uruguayo Daniel Viglietti ya incluía en su disco Canciones folclóricas y 6 impresiones para canto y guitarra, grabado en 1963. Ya había cantado con anterioridad -y hasta grabado en un disco que no vio nunca la luz- las esdrújulas de “Mazúrquica Modérnica” de Violeta Parra, que también incorporó a esta gira en la que no faltaban sus poetas predilectos cantados, mientras decía, a modo de introducción, que se quedaba con la España de los trabajadores y de los poetas y no, evidentemente, con la que representaba el franquismo agonizante.

El cantautor catalán mostró desde sus primeras grabaciones atención al repertorio de otros compañeros y compañeras. Como buen rastreador de fuentes musicales no le cuesta lo más mínimo incorporar a su equipaje canciones de otros y mezclarlas con su propio repertorio, en México o en Estados Unidos, allá donde le lleve la canción, mientras espera su regreso a España, una vez garantizada su propia seguridad.

En el repertorio del recital de Los Ángeles de 1976 figuraban, además, e ilustraban lo entonces cantado de su propia discografía oficial, “Llegó con tres heridas” que había hecho también suya Joan Baez, las machadianas “Cantares”, “Del pasado efímero” -engarzada con “Españolito”-, la eterna “Cançó de matinada”, “De cartón piedra”, “Cancó de bressol”, “Pueblo blanco”, la tradicional “El testament d’ Amèlia”, “Piel de manzana” o “Barquito de papel”.

El exilio le atraviesa. En las páginas de la revista Destino, número 2000, del 29 de enero al 4 de febrero de 1976, le entrevista el escritor mallorquín Baltasar Porcel desde un París invernal. En un hotel parisino, ubicado en el pudiente distrito de Ópera, un vaso de güisqui sirve para mientras el cantautor meditaba sobre su situación personal: «Hay días en que no sabes que hacer ni casi quién eres, como si todo se te escapara y tú mismo incluso…». Relativiza su exilio porque al menos puede trabajar y viaja con la guitarra y la canción como parte de su vida, pero matiza y añade:

«Estoy bien, aunque eso sí, lo que noto de verdad es que me faltan unas cosas. Cosas concretas, cuya carencia a ratos me desazona. El otro día estuve en Perpignan para ver a mis padres, andar a su lado. Eso me falta. Y voy a ir ahora para ver a mi niño. Pero nada más. O bueno, otras cosas así, que de pronto me doy cuenta de que no tengo a mi lado…Sin embargo el exilio me ha servido para, en cierta medida equilibrarme. He podido pasar revista a unas cosas, mesurar otras. Una especie de reajuste».

Lo que Serrat teme -y se lo confiesa a Porcel- es el desarraigo, porque es un hombre de raíces profundas, criado en el barrio del Poble Sec cuyas calles y personajes habían formado parte de sus propias canciones. En la entrevista con Porcel hace memoria de aquellas declaraciones que le condujeron a su situación actual:

«Yo hice unas declaraciones después de que el Gobierno español hubiera ordenado la ejecución de los tres militantes del FRAP y de los dos de ETA, lo cual motivó entre otras muchas cosas, la absoluta rotura de toda relación entre el gobierno mexicano y el español. Entonces yo llegué al aeropuerto de México, y me esperaba allí una enorme cantidad de periodistas que me preguntaron mi opinión sobre lo ocurrido en mi país. Yo contesté creo que razonablemente, explicando lo que pensaba, y que era un absoluto repudio no solo hacia las ejecuciones, sino contra toda la violencia instituida, cotidiana, contra la pena de muerte. Y contra el gobierno del general Franco. Luego, una parte de estas declaraciones fueron reproducidas por la prensa española, y criticadas por la prensa del Movimiento».

Serrat no pierde oportunidad de analizar el problema catalán vinculado al del resto del país: «Quiero aprovechar este semanario catalán que es Destino para decir a los catalanes que no se fíen demasiado de los catalanismos de última hora. Todos los problemas españoles están interrelacionados, y el de Cataluña lo está con los del resto de pueblos de España, además de otra cosa: cualquier tipo de lucha tiene que estar más ligada con los problemas de clase que con los nacionalistas, pues el capital no tiene patria ni idioma, ni tradición ni cultura, y quien tiene patria, tradición y cultura es la clase trabajadora».

Serrat, que ya tenía en su cabeza su siguiente disco, el que dedicara en 1977 al poeta ácrata Joan Salvat Papasseit, resiste lejos de Barcelona mientras canta sus canciones en distintos escenarios y ciudades, haciendo frente a las flaquezas del ánimo entre bolo y bolo.

En esa treintena que habita México es uno de sus refugios donde abraza a otros exiliados españoles y fortalece lazos con amigos mexicanos. Ahí entra su cercanía y amistad con Paco Ignacio Taibo I y su familia que lo acogen como uno de los suyos, y también con Juan Rejano, Luis Alcoriza o Luis Buñuel. La España peregrina y aquel autobús que usaban para desplazarse y que bautizaron como La Gordita. Serrat y México, una relación inquebrantable y un libro por escribir, como se escribieron otros sobre su relación con Argentina o Cuba.

Serrat viajó por todo México, de Tijuana a Cancún, ofreciendo recitales a precios muy populares. Se despliegan en esa época toda una serie de vivencias en esa itinerancia y errancia propia del artista en movimiento que habita el presente y siente el futuro incierto y ha de hacer suya aquella divisa cantada en su canción “Vagabundear” de no sentirse extranjero en ningún lugar.

El nombre de aquel autobús para los desplazamientos mexicanos, bautizado como La Gordita, hacía referencia a María Elena Galindo, representante de artistas y una de las amigas mexicanas del cantautor vinculada a aquella época febril que le faltó un Sam Shepard que la inmortalizara, a imagen y semejanza de su libro sobre aquella gira de Dylan, bautizada como Rolling Thunder Revue, fechada precisamente en el otoño de 1975, cuando Serrat comenzaba su exilio.

Hay quien vinculaba el exilio de Serrat con el affaire del “La, La, La” eurovisivo. Nada más lejos de la realidad. Serrat recorre el primer semestre de 1976 lejos de casa. Anhela el regreso que llegará el 20 de agosto de 1976 cuando el avión que le traerá de vuelta aterriza en el barcelonés Aeropuerto del Prat. Un tiempo nuevo se adivina en el horizonte. El anhelo democrático, la libertad posible antes del desencanto.

Durante ese año 1976 Zafiro sigue explotando su catálogo en castellano con discos que trataba de organizar el repertorio del cantautor por temas, anticipando el Álbum de Oro que se publicaría en 1981.  Por ejemplo, Retratos, sobre algunos de los personajes que poblaban sus descriptivas canciones o Canciones de amor en cuya portada el rostro sugerido del cantautor parece como encarcelado, muy propio de la incertidumbre que padece aquel año. También aparecen curiosos sosias del cantautor como el extremeño Paco Martín que graba en 1976 para Novola, es decir Zafiro, el disco Añoranzas con arreglos del santanderino Juan Carlos Calderón, factótum del arreglo original de “Mediterráneo”. Todo, pues, se cruza en este andariego 1976.

Otra curiosidad de aquel tiempo de exilio del cantautor es la canción “Ahí te mando mi guitarra” que el jerezano Manuel Alejandro, vinculado al repertorio de Raphael, compone para la cantante onubense Blanca Vila que la presentó en el Festival de Benidorm. La canción era como un abrazo solidario para Serrat. Quizá por ese detalle nada menor fue descalificada del certamen. El estribillo, con cierto deje coplero, decía: «Ahí te mando mi guitarra/ Juan Manuel, en esta canción de España/ para que enjugues tu llanto/ y el quejido en tu garganta/ Ahí te mando mi guitarra/ Juan Manuel/ para que sigas cantando tu saeta y tu sardana/ tu Lucía y tu Manuel». Toda una rareza propiciada por la coyuntura.

Regresado del exilio el cantautor hacía balance y conversaba con el periodista Carlos Alfieri para la revista Interviú, en un número histórico cuya portada protagonizaba Marisol, fotografiada en una radiante desnudez juvenil y simbólica por César Lucas. La otrora niña prodigio instrumentalizada por el régimen franquista, posible inspiración a su vez de “Tu nombre me sabe a yerba”.

Algunas de las fotos de aquel reportaje de Interviú mostraban a Serrat en su refugio campestre de Camprodon, en Girona, las había tomado Lolita, la hija de Lola Flores, que ese mismo año publica el elepé Abrázame que incluía una versión de “Como un gorrión”, canción perteneciente al denominado Álbum Blanco de Serrat grabado en 1970.

En la charla con Alfieri, Serrat manifiestó su proximidad a Convergencia Socialista de Cataluña, desdice a aquellos que calificaron de «dorado» su exilio de once meses con una evidente falta de escrúpulos y de «mala leche». El cantautor señala que desde siempre le ha interesado la política y que sus convicciones ideológicas entroncaban con el socialismo. Le agradaba saber que cuando se fue de España la gente solo hablaba de Johan Cruyff, estandarte futbolístico de su querido Barça de los años setenta, y que ahora la gente hablaba más de política que de Cruyff. Toda esa coyuntura marcará la senda lírica de su siguiente álbum en castellano, 1978 con canciones tan explicativas de ese horizonte político y social como “Mil años hace”. En cuanto a los encuentros y desencuentros propios de su vida de artista destacaba su buena relación con Joan Baez y su reconciliación con Raimon. Había que empezar a reconducir sus relaciones fracturadas con la Nova Cançó que le seguía sin perdonar su más que licito bilingüismo.

Serrat volverá a casa a las once de la mañana del 20 de agosto tras la orden de sobreseimiento del sumario que le había incoado el Tribunal de Orden Público. En sus declaraciones en el aeropuerto del Prat decía solidarizarse con los exiliados españoles y a partir de ese momento se va a implicar en la transición democrática a través de lo que sería el germen del PSC (Partido Socialista de Catalunya), pero eso pertenece ya a otra historia como lo son los recitales que ofrece por toda Barcelona con el título Serrat als Barris durante el otoño de 1976 en la que le acompaña el grupo de jazz-rock Música Urbana liderado por Joan Albert Amargós. Las canciones de Serrat encontrarían en los meses otoñales de 1976 una sonoridad distinta en ese tiempo de transición, de cambio, que estaba experimentando no solo en el país, sino su propia obra.

El exilio había quedado atrás como una herida abierta que debía cicatrizar, ese exilio cantado por poetas como Emilio Prados en su “Romance del desterrado” con estrofas tan definitorias como aquella que decía: «No tengo casa ni amigos/ ni tengo un lecho caliente/ ni pan que calme mi hambre/ ni palabra que me aliente». A Serrat no le faltó pan ni techo donde guarecerse, pero todo exilio ha de verse como un desgarro íntimo y como un extrañamiento, algo que en cierta manera marca o deja huella, y que visto con la perspectiva del tiempo es revelador de su compromiso ético que a veces se le negaba por el simple hecho de ser un cantautor de éxito.