Duele Galicia y duelen los bosques calcinados, todos los fuegos el fuego, toda la ignominia que cabe detrás de un incendio que se lleva por delante todo lo verde de este mundo, los verdes de Galicia cantados por Serrat en De mica en mica. Arde Galicia y arden los tweets incendiarios. Al minuto uno de cualquier tragedia afloran los que todo lo emponzoñan con su ideología intachable anteponiendo siempre las ideas a las personas. Vivimos en el país de las derechas y las izquierdas enconadas, tanto da, abanderados de la rabia y el pensamiento único, de los que tildan de fascismo al que se sale un poco del discurso único. Nuevas religiones con formato laico que presumen de tolerancia y son tremendamente intolerantes.
Es lo que hay. El país se incendia a diario. No hace falta que arda un bosque. La beligerancia está en el españolito de a pie, ese que en la barra de un bar o en Facebook lanza su exabrupto y sabe tanto de historia de España y ha leído tantos libros de Historia de España y ha consultado fuentes diversas de esa misma Historia de España. Para formarse una opinión, claro. ¿Pero quien se forma una opinión en este río revuelto en el que todos opinan y lanzan denuestos contra el contrario? Pirómanos e incendiarios de salón. Celtíberia show a garrotazo limpio de los que dicen que vivimos en una dictadura sabedores que en una dictadura no podrían decir que viven en una dictadura. Ellos tan demócratas y en cambio tan antidemócratas en las formas y en los modos cuando se les lleva la contraria.
Y de los tristísimos fuegos gallegos a los fuegos del Planeta que la novela ganadora de Javier Sierra dice llamarse El fuego invisible. Nada tiene que ver el Planeta con la literatura. Eso debería saberse. Por eso Sierra es un buen autor para el Planeta que sonaba como ganador desde hace años. Sierra tiene todo lo que debe tener un ganador del Planeta. Pero la literatura es otra cosa o debiera serlo. El Planeta es marketing puro y duro de dudosa trasparencia, pese a los ingenuos que presentan su novela al premio a ver si suena la flauta y el glamour impregna sus hojas debidamente grapadas y encuadernadas. Cada cual con sus preferencias, faltaba más. La mayoría de escritores españoles que me gustan no ganarán nunca un Planeta, salvo que se vendan al mejor postor y se conviertan en otra cosa. Algunos como Juan Marsé tuvieron también su Planeta que no le dio mayor gloria a quien ya había firmado dos obras maestras: Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí. Marsé ya denunció en su día que en el premio Planeta primaba el negocio editorial sobre la literatura. Lo hizo quizá tarde pero eso es otra historia.
Arde Galicia, ríen los especuladores y Sierra con su premiada novela y tensa la cuerda Puigdemont con La Estaca como himno eterno, como si aún asomaran los grises a caballo y empezáramos el día con la amarga noticia de otro ejecutado por garrote vil. Todos los fuegos el fuego, más leña al fuego, fuego atizado por las Españas de toda condición y prosapia. La España que no muere y la que algunos no quieren que muera nunca, ese enemigo que luce tricornio y ensangrentado traje de luces, imagen simplificada de un país que es muchos países y necesita urgentemente un proyecto que nos concierna a todos y donde la manipulación no esté -en un lugar y en otro del arco político e ideológico- a la orden del día, como si fuésemos tontos y lo que viéramos nos hiciera ser dos tontos.
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