La Semana Santa de Federico García Lorca y Miles Davis

Miles Davis nació en Alton, Illinois un 26 de mayo de 1926, un año antes que el poeta granadino Federico García Lorca, amante de los sonidos negros, asistiera en el Ateneo de Sevilla a un homenaje al poeta cordobés Luis de Góngora que funda el mito de la denominada generación del 27. En Poema del cante jondo, uno de sus libros, Lorca dedicó varios poemas a la saeta, encuadrados dentro de un conjunto titulado «Poema de la saeta» y cuya fuente de inspiración nace en la Semana Santa de Sevilla de la que disfruta como espectador en marzo de 1921 acompañado de su hermano Francisco y del músico gaditano Manuel de Falla.

Aquel cante que nace de la entraña del pueblo y busca fervorosamente a Dios le conmueve especialmente con su mezcla de oración y lamento. Los saeteros son para Federico arqueros que con su voz rota lanzan su flecha en la noche. El poeta describe la procesión que ve y siente. Los nazarenos viniendo a lo lejos por las callejas se le figuran venidos de un bosque mitológico, como si fueran extraños unicornios.

Asimismo, describe a la Virgen de la Soledad con miriñaque en el barco de luz de su paso de palio. En el poema que titula precisamente “Saeta” «Cristo moreno pasa de lirio de Judea a clavel de España». Miguel Poveda lo grabó en su disco flamenco Poema del cante jondo demostrando esa imagen de Lorca que veía a la saeta como una constelación.

Federico concluía su “Poema de la saeta» con los versos de “Madrugada”, una de cuyas estrofas rezaba: «Sobre la noche verde/ las saetas/ dejan rastro de lirio/ caliente».

Ese rastro de lirio caliente lorquiano es el que buscó Miles Davis cuando grabó “Saeta” en el disco Sketches of Spain con arreglos y dirección de Gil Evans. El milagro musical de la Semana Santa de Sevilla, de sus marchas procesionales y saetas, de la atmósfera sonora que la envuelve, es que pudiera conmover por igual a Igor Stravinski («estoy escuchando lo que veo y estoy viendo lo que escucho») que a Miles Davis.

El genio del jazz grabó en 1959 su disco español que nace de una visita al contrabajista y amigo Joe Mondragon, indio hispano oriundo de México que le descubre el Concierto de Aranjuez del compositor español Joaquín Rodrigo. Lo cuenta el jazzista norteamericano en su autobiografía en la que revela su conmoción absoluta por aquella música.

Tal es la conmoción que surge en su cabeza la idea de grabar Sketches of Spain del que tendría claro que abriría con su versión del “Concierto de Aranjuez” de dieciséis minutos, a partir de la que empieza a darle forma al resto del disco. Como segunda pieza de la cara B sitúa los cinco minutos de “Saeta” por donde respira y palpita la febril Semana Santa andaluza con la sacudida de la saeta que Davis simula con su trompeta como si buscara en su imaginación un balcón sevillano por donde se asomara la mismísima Pastora Pavón «La Niña de los Peines» que conmoviera a Lorca décadas atrás.

Davis definía la saeta como la flecha de la canción, «uno de los géneros de música religiosa más antiguos de Andalucía”. “Generalmente -escribe- se canta a pelo, sin ninguna clase de acompañamiento, y habla de la Pasión de Cristo». Lo que Davis evoca es una procesión callejera, y lo que ve es a una mujer en un balcón, asida a una reja de hierro, mirando desde arriba la procesión que se detiene mientras ella canta.

Lo que el oyente escucha en Sketches of Spain es a Miles Davis recreando esa oración cantada, ese lirio caliente, esa constelación entre tambores sordos hasta que la procesión avanza y suena la marcha cuyo sonido se va como evaporando como si formara parte de una ensoñación.

Entre escalas arábigas o afronegras, Miles Davis aceptó el reto y en el mismo siglo de “Amargura” de Font de Anta o del Poema del cante jondo de Lorca logró trasmitir lo que la música de la Semana Santa andaluza es y revela con toda su carga emotiva y auténtica que nos traslada de inmediato a una calle o a una esquina de Sevilla o de cualquier otra ciudad o pueblo andaluz, allí donde una marcha de Semana Santa suena acompañando a un Cristo o a una Virgen doliente, o allí donde de pronto, al paso de una cofradía, en una esquina o balcón, irrumpe la voz anónima de una saeta como la flecha de un arquero.

Si Lorca no hubiera sido fusilado cabría imaginarle con poco más de sesenta años emocionado con la grabación de Miles Davis de “Saeta”, viajando en el tiempo, mientras la escuchaba, a aquella Semana Santa de Sevilla de 1921, todavía lejos del estruendo futuro y de la sangre derramada en la Guerra Civil Española.