Gino Paoli (in memoriam)
Se nos fue Gino Paoli, canción italiana en las noches eternas de San Remo. Hay canciones que quedan y son el espíritu de una época. “Sapore di sale” es una de ellas, con arreglo de un tal Ennio Morricone, antes de explosionar como compositor de cine. También es reflejo melódico de un tiempo determinado “Il cielo in una estanza”, que grabó «la tigresa de Cremona», es decir, Mina.
Cuentan que “Sapore di sale” fue escrita en una playa siciliana. Tiene espuma, mar y sal. Canción solar y mediterránea, también melancólica. Hay canciones que eternizan un instante de plenitud amorosa. Son deseos en forma de canción. Paoli la veía como «un destello, un relámpago, una ruptura con la realidad, una fuga, exactamente como deberían ser unas vacaciones: un alejamiento momentáneo de las costumbres consolidadas». Así se lo expresó a Lucio Palazzo en su libro de conversaciones con el cantautor italiano.
En Paoli la vida fue siempre por delante, pero también existió en su biografía una tentativa de suicidio cuando quiso apearse del mundo por la vía rápida, disparándose un tiro en el corazón. Como su colega Luis Eduardo Aute fue un fumador empedernido. La canción es también humo y azar. El humo envuelve su imagen en la foto de portada del que fue su último disco Appunti di un lungo viaggio.
Paoli llevaba en su equipaje de canciones habitadas la escuela genovesa, que atracaba en los puertos de la Liguria, esos mundos de mediterraneidad palpitante que Arturo San Martín recorrió en un extraordinario libro titulado precisamente Sapore di sale, una crónica sentimental italiana con prólogo de Joan Manuel Serrat.
Paoli llegó a Serrat a través de Arsen Dedic, cantante y compositor de la entonces Yugoslavia, con el que coincidió en el Festival de Spalato, a imagen y semejanza de San Remo. Arsen se confesó fan de Paoli y, en esa época, llevaba en su coche una casete con música del cantautor catalán. A Paoli le pareció extraordinario. Ahí está el germen del elepé de 1974 I semafori rossi non sono dio, en el que Paoli canta a Serrat en italiano, como ya hizo Mina sin Paoli saberlo. Arsen descubrió la música de Serrat por un amigo moscovita. Lo que son las cosas.
Paoli quiso desaparecer antes de entrar en la treintena, pero terminó aferrado a la vida, nonagenario y cantando casi hasta el final. En su canción ligera siempre hubo profundidad. ¿Cuándo dejamos de escuchar en España esa canción italiana que, en los años sesenta, nos conformaba y nos enriquecía? Paoli fue parte del pop melodioso y vertiginoso de los sesenta, canción distinta en las profundidades del sentimiento.
«Las verdaderas canciones son todas solares y, por tanto, paganas» —escribe San Martín—. Tuvo Paoli esa verdad de la canción sobre la que se derramó la luz mediterránea. Por eso él quiso grabar también “Mediterráneo” de Serrat, que tantas vidas e historias atesora desde su primera grabación en un otoño milanés de 1971. El “Mediterráneo” de Paoli es “Sapore di sale”. Ahí no erró el tiro. El tiro errado al corazón fue por la actriz Stefania Sandrelli.
Ha muerto Paoli y hay quien regresa a “Sapore di sale” como a una patria. ¿De qué hondura y de qué misterio vienen las canciones eternas? En los tocadiscos de la memoria persiste Paoli como un eco que no desaparece. Lo mismo cantaba “Una furtiva lagrima” de Donizetti que el bolero “Contigo en la distancia”. Sabía ser jazzístico y también afrancesado, mirándose en Charles Trenet, que tanto le gustaba a Truffaut.
¿Qué reste-t-il de nos amours? ¿Qué queda de Stefania Sandrelli? Entre la portuaria Génova y el cigarro consumido, entre la flor primaveral y la ceniza, entre el año 1963 de “Sapore di sale” y el 2026 en el que Paoli dio su último suspiro. Entre el whisky maltés y las mujeres. Un poco aventurero, a lo Corto Maltés, seductor siempre, con la tonada en el labio, en el corazón y en las palabras.
Con Serrat compartió en 1981 “La mujer que yo quiero” en la televisión italiana. Hubo muchas mujeres en la vida de Paoli. Fue un hombre vital hasta sus últimos días, pero una vez sintió el deseo de quitarse de en medio. Buscó la muerte, pero la muerte no quiso encontrarle.
Y siguió cantando y suspirando con “Sapore di sale” como añoranza perpetua. Esa canción salobre y marina que no deja de sonar y que fue emblema de Paoli, de la luz mediterránea que siempre acompañó a sus canciones.
