No suele ser habitual encontrarse en el cine español de nuestros días con obras de la envergadura de La isla mínima. Alberto Rodríguez ha alumbrado un thriller absorbente en el que se percibe una perfecta lectura del género negro, de sus inspiradores y de sus continuadores, de Don Siegel a David Fincher. En la cinematografía española resplandece un título que hay que citar siempre como referencia: El cebo de Ladislao Vajda, obra maestra de 1958. De esas fuentes bebe La isla mínima como también de un tipo de lenguaje y de poética que también hemos visto en la serie True detective.
Más allá de esas referencias La isla mínima es una película con entidad propia, con una virtuosa puesta en escena, de ahí su importancia. La trama se desarrolla en un pueblo de las marismas del Guadalquivir en septiembre de 1980. El paisaje andaluz importa y también el contexto social y económico, ejemplarmente retratado en un relato que no va en una sola dirección, sino que explora distintos territorios.
Los primeros instantes de La isla mínima son sintomáticos de una forma de narrar, de posar la mirada, de presentar a unos personajes. Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez se meten en la piel de dos detectives de homicidios -aparentemente antitéticos- que investigan la desaparición de dos chicas durante las fiestas del pueblo. Ambos han de batallar en un paisaje hostil, casi de western crepuscular, en un asunto que se les va complicando y enmarañando progresivamente.
Alberto Rodríguez filma las marismas del Guadalquivir con maestría, con conocimiento de causa porque ese paisaje forma parte de los latidos de su infancia. Ese entorno da sustento al relato policiaco, a los códigos de un género que puede leerse también en clave política porque La isla mínima explica cierta Andalucía rural de la transición, la propia España salida del franquismo, encarnada en las formas de Juan, el detective al que da vida Javier Gutiérrez. Todo está perfectamente dibujado, sin subrayados innecesarios, con una concisión narrativa y expresiva admirables, reforzada por una gran dirección de actores.
Frente al modelo impuesto por Torrente, una película inteligente como La isla mínima expone su condición -valga la redundancia- de isla en el actual cine español pero también la demostración de que es posible formular otro tipo de propuesta cinematográfica abarcando géneros en principio poco transitados. Para ello lo primero es que existan cineastas con la personalidad y el talento de Alberto Rodríguez que compone con La isla mínima un relato desolador sobre la condición humana, sobre un mundo en permanente descomposición en donde se dan la mano el crimen, la injusticia, la corrupción, el tráfico de drogas y el machismo encarnizado.
El director sevillano ha confesado que una de sus inspiraciones ha sido el novelista Alfonso Grosso y su libro Por el río abajo, escrito en colaboración con Armando López Salinas. En este texto se relataba un viaje por las marismas. No es descabellado aproximar La isla mínima a cierta narrativa de Grosso, a novelas como La zanja en las que conviven un espacio reducido, un contexto de fatalidad y la presencia determinante del paisaje andaluz, de sus ritos y formas. En ese tipo de exploración de autores como Grosso salen a la luz detalles que revelan lo atávico de ciertas costumbres populares que como una ciénaga envuelven lugares y personajes. Esa mirada a los símbolos religiosos refuerza la relación de parentesco entre La isla mínima y True detective, entre las ramificaciones del guión de Rafael Cobos y Alberto Rodríguez y la serie creada por Nic Pizzolatto. La reivindicación de Grosso -extraordinario narrador- ya es otro detalle de la intensa indagación que subyace tras la atmosférica película de Alberto Rodríguez. Una pequeña joya absolutamente recomendable.
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