¿Recuerdas, amor mío, la imponente Grand Place que nos impresionó a plena luz del día? ¿Y el Mar del Norte bañando al país llano en el que las únicas montañas son las catedrales? Jean Cocteau llamó a la Grand Place gran teatro del mundo. No sé si eso fue antes o después de rodar La bella y la bestia. Y ahora es tiempo de bestias que matan en nombre de un credo, de un dios inventado, salvaje y fiero. Estado Islámico se hacen llamar. Ojo por ojo, diente por diente…
¿Recuerdas nuestra luna de miel que comenzó en Bruselas, la Bruselas que cantó Jacques Brel cuyas huellas también buscábamos? Erase una vez el tiempo de la felicidad, érase el tiempo de los poemas que no se escriben porque se viven, érase tú y yo bruseleando y cumpliendo el rito de tocar el brazo de bronce de la estatua de Everard’ t Serclaes, defensor de la ciudad en el medievo.
¿Recuerdas, amor, Le Pigeon donde vivió un desterrado Victor Hugo y cómo yo te hablaba de aquella desesperada película de Truffaut sobre la hija de Hugo, protagonizada por una hipnótica Isabelle Adjani? No hace tanto tiempo de aquello, de tú y yo paseando por la calle de los carniceros, sin imaginar siquiera que hay otro tipo de carniceros que matan en nombre de Alá. Demasiadas guerras golpean la memoria del hombre. Demasiada atrocidad en nombre de Dios o de los imperios o de las naciones. Tanto da. La vida debiera ser sagrada en cualquier parte del planeta pero no lo es.
Cuando me sangró la noticia en las manos recordé la librería Saint- Hubert en la Galerie du Roi, número 2, y recordé la esquina donde volví a decirte que te amaría para toda la vida. Hojear libros a la caída de la tarde, oler el papel, anotar en una libreta una idea o un pensamiento, estar en paz con uno mismo, lejos de cualquier estallido de violencia. Esa debiera ser la vida. No temer que te estalle una bomba o que te ajusticien en cualquier esquina. Pero hay quien habla de amor y quien prefiere hablar de destrucción, de muerte, de cruzada ciega, llenando de cadáveres un aeropuerto o una estación de metro. Así está el mundo, fanático y desamparado mundo.
¿Recuerdas, amor, la Bruselas caminada, la de la Fundación Brel, la del Manneken Pis y el Cinéma Arenberg donde exhibían un ciclo de Maurice Pialat? ¿Y nuestra incursión en el Centro Belga del Cómic y en la Plaza de los Mártires? ¿Y la Bruselas de la rue Neuve en donde está el FNAC y me compré un diccionario sobre Georges Brassens? Canto a esa Bruselas que me pertenece, que llevo dentro de mí, la que vibra en las Galerías St-Hubert, la que reza en la gótica Notre Dame de Sablon, la que ríe y sueña en la Plaza de la Brouckère que Brel cita en su canción «Bruxelles» cuyo ritmo vertiginoso adquiere en estos días un nuevo significado. ¿Qué pensaría Brel de todo esto? En la Polinesia no llega el ruido atroz de los cristales al romperse.
¿Te acuerdas del restaurante Aux Armes de Bruxelles donde solía cenar el quijote belga y aquellos mejillones al vapor con patatas fritas? ¿Y aquella cerveza helada en los labios (mort subite) y aquel inolvidable trayecto de Gante a Brujas que culminó nuestro viaje a la inversa de aquella Marieke cantada por Brel? Pensar en Bélgica y pensar en nosotros, en las sábanas blancas del deseo, en las manos- amantes que jamás se mancharon de sangre. Sírvanme aquellos recuerdos tan vivos, tan latentes, tan míos, para huir de tanta devastación, de tanto terror multiplicado, causado en nombre de un dios inexistente.
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En nuestro antiguo blog "Los oficios del diletante" puede encontrar todos los artículos anteriores al verano de 2014.
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