«No existe nadie, yo ya no tengo a mi hijo (…) no hay ningún sentido y eso es lo que importa». Es lo que implora una madre acribillada por el dolor en el desenlace de La memoria del agua, película chilena firmada por Matías Bize y que no ha tenido la consideración crítica merecida. De un tiempo a esta parte la paternidad y ciertos abismos existenciales de la cuarentena me hacen contemplar el mundo de otro modo. No puede leerse Mortal y rosa, la obra maestra de Umbral, de igual modo con la adolescencia recién abandonada, en un monacal cuarto de un colegio mayor sevillano, que ahora, cuando las heridas del tiempo van comenzando a fluir, muy lentamente, como si tal cosa. En esas estaba cuando me topé con La memoria del agua y con el rostro sacudido, doloso, de Elena Anaya.
Matías Bize narra el proceso de destrucción de una pareja a a raíz de la muerte de su hijo de cuatro años, ahogado en una piscina. No es un drama ajeno, sino cercano, realidad de todos los veranos que se tornan inviernos devastadores. La muerte del hijo irrumpe como un seísmo inapelable. Y a partir de ahí la vida sigue pero inevitablemente lo hace trastabillada, como si ya nada pudiera ser igual.
Me acordé viendo La memoria del agua de Amenaza en la sombra, obra maestra de Nicolas Roeg que también indaga en la pérdida de una hija ahogada y en cómo afecta ese cataclismo en la vida de una pareja de restauradores de iglesias antiguas. En la película de Roeg aparece lo fantasmagórico y paranormal en el marco de una Venecia claustrofobica en la que el agua con memoria doliente es la de los canales. Pero hay cierta conexión inconsciente entre la película de Bize y la de Roeg, en esa manera de filmar la pérdida, en ese modo en el que vemos deambular a Julie Christie y a Elena Anaya, caras de la misma moneda, de la misma desolación y la misma culpa.
No hay Dios cuando la tragedia nos deja solos frente al universo. Es esa clase de soledad que nos hace negar cualquier respuesta divina, cualquier creencia religiosa o trascendente. Es la que habita la prodigiosa Niños en el tiempo de Ricardo Menéndez Salmón -cuyo primer relato mucho tiene que ver con La memoria del agua– o La hora violeta de Sergio del Molino, un Mortal y rosa del nuevo milenio acogido además a esta cita umbraliana; «Si supieras, hijo, desde qué páramo te escribo, desde qué confusión de lágrimas y ropas, desde qué revuelta desgana…».
Es afrontar la pérdida impetuosa novelándola, o filmándola como hace Bize con un final que parece dibujar una esperanza, una reconstrucción pero que nos lleva finalmente a un bosque sombrío, donde la pena sigue apoderándose de todo lo que se habita, con algo también en el modo y en la forma cinematográfica que me hace recordar a Terrence Malick. Pero aquí, en los personajes destruidos por el dolor de la pérdida, no hay redención posible. No puede haberla.
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