A Bob Dylan lo estudió como poeta el profesor Christopher Ricks en un ensayo ejemplar que pocos han recordado: Dylan poeta. Visiones del pecado. En la interpretación de Ricks están muchas razones para comprender la entidad lírica de Dylan al que Ricks relaciona con T.S Eliot, con Donne, con Hopkins, con Larkin y hasta con Shakespeare. Muchas veces Dylan ha señalado que lo que importaba eran las palabras, que antes que nada se consideraba poeta y después un músico aunque también llegara a decir que los poetas se ahogan en los lagos. E incluso que su intención siempre había sido hacer de la canción un arte, pintar una canción como Rembrandt pintaba un cuadro. He ahí la ambición del otrora habitante de Greenwich Village. De todo eso me acordé cuando a Bob Dylan le dieron el Premio Nobel que ha galardonado a un artista popular con todo lo que ello entraña, alguien que revolucionó la canción en los años sesenta, que fue icono folk, contestatario y luego visionario eléctrico, poeta maldito y otras muchas cosas, hasta country y cristiano que los caminos de Dylan son y fueron inescrutables.
Son muchos los opinadores en este circo pero algunos llevamos escuchando a Dylan desde que tenemos uso de razón y descubrimos Blonde on blonde a la par que leíamos Las flores del mal de Baudelaire. Todo es lo mismo y así lo sentimos y así lo escribimos. Es terriblemente triste que haya que explicar a los intelectuales de turno y a los opinadores de turno las muchas relaciones de la canción con la literatura. Explicárselo, por ejemplo, a Juan Manuel de Prada o a Fernando Sánchez Dragó cuyos exabruptos contra Dylan no hacen otra cosa que fortalecer la justicia poética de este Nobel, tan dudoso otras muchas veces y en los más variados ámbitos.
Celebrar el Nobel de Dylan es celebrar a otros muchos autores de canciones que han formado parte de eso que Umberto Eco llamó canción distinta. Desde Woody Guthrie a Georges Brassens al que por cierto nadie negaría en Francia su condición de poeta, estudiado como se estudiaría a un poeta del medievo. Dylan es literatura por sus canciones y también ha inspirado muchas literaturas de índole musical, por ejemplo el excelente Rolling thunder: con Bob Dylan en la carretera de Sam Shepard o el Like a rolling stone: Bob Dylan en la literatura del gran Greil Marcus.
De todas esas lecturas provechosas me he ido acordando, de los muchos Dylan en un solo Dylan, de Blood on the tracks girando en el tocadiscos de mi padre, relevando a Mozart por decisión del adolescente imberbe que fui un día. Este Nobel es también mío. Sitúa a Dylan en un parnaso que se antojaba imposible. Y es que Dylan es más poeta que muchos poetas que van de poetas. De eso no me cabe ninguna duda.
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