TODO AÑO NUEVO TIENE ALGO DE FALSARIO. Bajo el oropel del confeti, de las doce uvas, de la inminencia de la marcha Radetzky todos seguimos siendo los mismos, miserias incluidas, cuando el reloj da las doce y entramos en la dimensión desconocida de los trescientos sesenta y cinco días que nos esperan.
Vivimos como podemos huyendo de la asechanza de lo terrible que suele ser el morir, la hora fatal. Algunos escribimos para sobrevivir. Otros utilizan distintas estrategias para dispersarse, para olvidar la estupidez que asola el mundo. Algo de eso hay, de esa desolación por lo que somos en el ensayo El mundo feliz, una apología de la vida falsa de Luisgé Martín que leo en este primer día del año entrante. También pienso, claro, en la esperanza de los gestos familiares, de los amores pequeños que no se vocean y que no suelen habitar ese entorno narcisista de ciertas redes sociales donde todos somos felices, seguramente estultos y buscamos el minuto de gloria efímera, la escenificación de la mentira, la ligereza como medida de todas las cosas.
Lo ideal siempre es alejarse del ruido y proveerse siempre de lecturas confortadoras o inquietantes y de futuros posibles. Alejarse de lo que duele y acercarse a lo íntimo, a lo pequeño pero indispensable. Aunque siempre resbale una lágrima por ese horizonte en el que nos contemplamos viejos y cansados.
Pensaba en este nuevo año en el escritor Amos Oz que nos dejó. Pensaba en su visión del fanatismo que corroe cualquier atisbo de cordura. «Lo más peligroso del siglo XXI –decía– es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…». Fanáticos de derecha e izquierda, de Vox o de Podemos, del Real Madrid o del Barça, de Quim Torra o Pablo Casado, intolerantes de todo signo y condición, que la intolerancia no entiende de ideologías, credos o equipos de fútbol.
Año nuevo de cinefilias particulares, de encomendarse a la luminosa senectud de Jean Pierre Leáud en El león duerme esta noche de Nobuhiro Suwa que me gustó más que la publicitada Roma de Alfonso Cuarón. Será porque en ella late el incomparable Truffaut y su amor a los niños, porque hay como un canto a la inocencia perdida, la propia inocencia que habita el rostro de Leáud, el otrora Antoine Doinel de nuestros desvelos. ¿Cómo se representa la muerte? se pregunta su personaje, también actor. ¿Acaso no hacemos otra cosa que ir hacia ella, que representarla en cada sueño, en cada verso suelto que vamos dejando en cuadernos errantes e inconclusos?
Cada año nuevo volvemos un poco a lo que fuimos: niños inmortales en la mesa familiar aguardando nerviosos el momento de las campanadas, adolescentes trajeados creyendo que la noche es nuestra, perdidos en alguna fiesta ruidosa que ya ni podemos recordar. Ignorando las orfandades que van conformando ciertos itinerarios vitales, esas pérdidas de las que está hecha la vida, que constituyen nuestro andar cotidiano entre el gentío.
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