Regreso a Tristana de Galdós y a la película de Buñuel. Podría escribirse un ensayo para advertir hasta que punto Buñuel se aleja de Galdós para firmar una película que rehuye a propósito del sentido mismo de la novela que era muy epistolar. El cineasta aragonés ha regresado a España. El desterrado autor de Un perro andaluz o Viridiana pasea por Toledo donde el tiempo parece detenerse. Sabe que cada película que filma pudiera ser la última. Tristana va a ser probablemente su última obra maestra donde se conjugan erotismo y muerte con una cierta visión española trasladada a la gangrena histórica que va a sacudir el país en los años treinta. El cineasta portugués Manuel de Oliveira la elegiría años más tarde como su película favorita de toda la historia del cine.
No deja de ser curiosa y penetrante esa mirada aparentemente desapasionada de Buñuel sobre el original galdosiano. Tristana es una pintura de cierta negrura sobre una España que nunca se ha ido. Buñuel desplaza la acción del Madrid del barrio de Chamberí a Toledo donde las campanas son hijas del rito y del tedio. Fernando Rey fue el perfecto Don Lope, con algo quijotesco y cervantino en su impostura, no en vano Tristana se encomienda al clásico universal de las letras españolas. Catherine Deneuve derrama toda su luz en su personaje, condenado a los manejos de su amo y señor. Franco Nero es el pintor Horacio que parece salvarla del yugo, pero será un espejismo para su vida. La criada Saturna no podía encontrar mejor encarnación que la que le ofrece la inolvidable Lola Gaos.
Tristana, cojitranca, confinada, esplende como personaje galdosiano, anhelo de mujer libre, que Buñuel traza a su antojo. He aquí lo apasionante, la mirada del cineasta de Calanda reescribiendo la mirada galdosiana. Tristana, novela y película, dibujan un tiempo, un temblor, una esencia.
Leemos a Galdós y aún nos leemos a nosotros mismos. Y evocamos a Buñuel por la noche toledada escuchando en sueños los tambores de Calanda e imaginando la cabeza de Don Lope en el badajo, uno de esos momentos de la película que pertenecen al genio de Buñuel y no al de Galdós.
Tristana fue viejo proyecto en los cajones del cineasta. A Buñuel no le gustaba la novela. Se nota cuando la reestructura del modo en que lo hace. Pero el detalle de la amputación, de la pierna cortada, le atrae sobremanera. Casi a la par el cine ofrecerá otro ejemplo sobrecogedor de amputación, en The beguiled, aquí llamada El seductor, la película de Don Siegel con Clint Eastwood.
Buñuel logró el permiso de Fraga para rodar en España. La revista Triunfo lo anunciaba en portada el 8 de noviembre de 1969. La película arranca con un curioso título provisional: Gallos querían cantar. La película ofrece, más allá del peculiar triángulo pasional, una radiografía a un momento histórico extrapolable al presente franquista. En una secuencia la Guardia Civil carga contra los obreros y para encarnar a los primeros Buñuel recurre a gitanos. Osadía de cineasta crepuscular, ateo gracias a Dios.
En la Tristana de Buñuel el azar importa y mucho. El azar, dogma de fe surrealista, que conduce a Tristana a pararse frente a dos calles idénticas y elegir por mero azar o intuición una de ellas que le llevará a encontrarse con el pintor en la secuencia del perro rabioso. Buñuel apela a la memoria familiar, a su hermana Margarita que ponía sobre la mesa dos migas de pan y le pedía a su hermano que le dijera cual le gustaba más. También apela el cineasta a la memoria parisina, al Café de la Paix, en la Plaza de la Ópera, en tiempos de la Guerra Civil Española, donde solía fijarse en dos muchachas cojas, muy pintarrajeadas, que se paseaban con muletas. Advirtió, entonces, que eran prostitutas, y que no le faltaban clientes.
De aquel Café de la Paix en los años treinta al Toledo de 1969 por el que Buñuel deja ir su imaginación culinaria sirviéndose unas improbables migas de campanero, mientras da unas instrucciones a Catherine Deneuve, eterna Belle de jour. El cine, la vida y Galdós escribiendo febril Tristana y Buñuel leyéndola e imaginando a un chico mudo esperando que Tristana le muestre desde su balcón su desnudez sonora que el espectador-voyeur no ve, solo imagina. Obsesión erótica y también obsesión gastronómica, como apuntaron Tomás Pérez Turrent y José de la Colina en el excelente volumen de entrevistas titulado Buñuel por Buñuel, no citado como se debiera en la bibliografía sobre el cineasta. Recuerdo haber leído este libro en los años noventa en un periodo de deslumbramiento por el cineasta aragonés. Me sigue pareciendo una de las mejores publicaciones para entender los mundos de Buñuel.
Releo Tristana, la edición de Cátedra de Isabel Gonzálvez y Gabriel Sevilla. Pienso a su vez en la película, en la estatua del Cardenal Tavera de Berruguete, en la muerte convertida en frío mármol y en Catherine Deneuve inclinada hacia ella, como si estuviera a punto de besarla. Eso, lógicamente, tampoco puede estar en Galdós. Novela y película se cruzan en este mayo florecido de desescalada e incertidumbre. Don Lope, burgués ocioso, anticlerical, cínico, calavera andante, hechizado por la huérfana Tristana, pincelada finisecular del pintor Galdós. Lo que en la novela termina en casamiento de conveniencias, en la película termina en la venganza calculada de Tristana contra Don Lope en noche de frío y nieve.
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