Un mes de agosto, pero de 1972, Gerd Müller pisó la hierba del entonces llamado estadio Ramón de Carranza con ocasión del trofeo de los trofeos. Vino con su equipo el Bayern de Munich en una edición en la que también participaron el Athletic de Bilbao, el Benfica portugués y el Botafogo brasileño. Müller jugó los dos partidos del trofeo, el de semifinales y el de consolación. En el primero el Athletic se impuso al Bayern en la la tanda de penaltis en lo que debió ser un duelo memorable de porteros imponentes: el chopo Iribar frente a Maier. En el segundo de los partidos Müller goleó en Carranza, pero no pudo impedir que el Botafogo derrotara al Bayern por cuatro tantos a dos.
Aquel Müller que pisó el césped de Carranza ya era un delantero consagrado a la espera de los grandes títulos que lograría como futbolista en los años siguientes. Pero antes de las glorias y las gestas a Gerd Müller un entrenador le espetó que en esto del fútbol no iba a llegar muy lejos. Lo contaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra. En aquel entonces Müller trabajaba doce horas en una fábrica textil. Galeano le describe paticorto y retacón. Nada que objetar. Franz Beckenbauer recordaba su figura cuadrada. Su baja estatura provocaba desconfianzas balompédicas. El alemán no era precisamente un futbolista estilizado. Con ese físico a Müller, al que apodarían bombardero, le bastó y le sobró para ser un futbolista determinante en el área, un ariete nato, un goleador impredecible que con la selección alemana conquistó aquel Mundial de 1974 en una final disputada a la naranja mecánica que lideraba Johan Cruyff.
Siempre que pienso en un delantero centro que espera su momento en el área, aparentemente inofensivo, pero finalmente letal, pienso en Müller. Nunca le vi jugar, pero yo nací con el Mundial 74 y en cierto modo, y a posteriori, busqué toda referencia audiovisual de aquel Mundial, cautivado sobre todo por el fútbol total de la Holanda de Cruyff.
En la muerte de Gerd Müller busqué su cromo en un viejo álbum titulado simplemente Munich “74” y volví al gol más importante de su carrera, el que supuso un Mundial para su selección, y el que indudablemente lo definió como delantero capaz de girarse en el área y encontrar, en apenas un palmo de terreno, la portería contraria.
Müller batió records goleadores en el Bayern de Munich. Nació, a mediados de los años cuarenta en Nördlingen, ciudad amurallada y joya oculta de Baviera. A mediados de los años sesenta ya goleaba en la Bundesliga. Entonces lucía pelo corto, pero su imagen icónica, la que los amantes del fútbol recuerdan es la del Mundial 74, cabellera larga y estética setentera.
Müller era ya en aquel Mundial una figura consagrada, parte de la columna vertebral del legendario Bayern de finales de los sesenta y buena parte de los setenta con el guardamenta Sepp Maier y el gran capitán de la nave germana y muniquesa Franz Beckenbauer. Aquel Bayern que empezó su idilio con Europa con la Recopa de 1967. Luego llegarían en los años setenta hasta tres Copas de Europa consecutivas, de 1974 a 1976. Y con Müller como referente ofensivo. La primera Intercontinental que ganó el Bayern de Munich, en 1976 frente al Cruzeiro brasileiro, Müller fue el autor del único tanto alemán, otro dato para acrecentar su leyenda balompédica.
Pero de todos esos momentos futbolísticos de Müller ninguno puede superar al giro de su cuerpo que precede al gol en la final del Mundial de 1974. Años después vendría su etapa americana bajo el sol de Florida. Su amigo Franz Beckenbauer jugaba en el New York Cosmos con Pelé y le había animado a rubricar su carrera futbolística en Estados Unidos. El equipo de Müller, llamado Ford Lauderdale Strikers, y el de Beckenbauer llegaron a verse las caras. Müller marca, pero su equipo pierde. Las cámaras les graban al final del partido. Dos cracks en el ocaso de sus carreras respectivas mostrando públicamente la amistad que se profesaban. Ya entonces, sus años dorados en el Bayern y en la selección alemana, eran ya parte de la historia del fútbol.
Gerd Müller murió sin saber que era «bombardero» Müller, historia misma del fútbol, víctima de esa cruel enfermedad llamada Alzheimer.
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