En la librería Manuel de Falla, que regenta mi amigo Juan Manuel Fernández, suena siempre Joan Manuel Serrat como hermoso fondo libresco. En el espacio de una librería familiar se fundan muchas cosas hermosas, más hermosas si nacen al amparo de la música infinita del Noi del Poble Sec. Allí, en el corazón de la Plaza de Mina, podría comenzar una hipotética ruta Serrat en Cádiz que uno imagina como forma además de celebrar el Premio Iberoamericano de la Música que tan justamente le ha concedido el Ayuntamiento de Cádiz al cantautor catalán. Y en ese itinerario iríamos hasta el Parque Genovés y rastrearíamos las huellas del Cortijo de los Rosales o del Teatro Pemán, escenarios donde Joan Manuel Serrat ofreció recitales multitudinarios, como también los dio en el Teatro Falla o en la Plaza de la Catedral. En todos ellos Serrat puso en pie al auditorio, sellando una hermosa relación que en Cádiz –como en tantas otras partes del globo terráqueo- se expande desde finales de los años sesenta hasta nuestros días.
Al Cortijo de los Rosales lo traía el empresario Antonio Martín de Mora, en épocas de vetos y censuras para el cantautor, tras la llamada bomba Serrat cuando el autor de hits como “Tu nombre me sabe a yerba” se negó a representar a España en el Festival de Eurovisión. Martín de Mora era de esos empresarios que pagaban religiosamente al artista, incluso antes de que éste actuara, y esto no solía ser practica habitual de los empresarios del mundo del espectáculo de aquella España de largo peregrinar en el desierto. Eran tiempos de silencio y mordaza pero también de esperanzas, de canciones que iluminaban el intrincado sendero y en ese contexto Serrat –soñador de pelo largo, ídolo pop, guitarra al vent– era ya el latido poético y musical de un país con la grabación de elepés absolutamente históricos como Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969) o Mediterráneo (1971). Dos obras fundamentales para entender a Serrat y para entendernos a nosotros mismos. España pasaba de Raphael a Serrat y eso significaba muchas cosas desde un punto de vista de contenido, de lenguaje, en el mundo de la canción.
Y en esta ruta Serrat en Cádiz que propongo no puede faltar ni el restaurante El Faro, donde Serrat solía reponer fuerzas tras sus conciertos y donde lo agasajaba con tortillitas de camarones, una y otra vez, Gonzalo Córdoba. Ni tampoco debiera faltar la vieja calle Ceballos donde estaba Diario de Cádiz y desde donde Paco Perea escribía sus impecables crónicas musicales en las que Serrat era uno de los protagonistas esenciales. Serrat que es Semana Santa por la calle Nueva cuando suena la machadiana “La Saeta”, convertida en marcha procesional o Carnaval cuando sus canciones han inspirado poéticas presentaciones de comparsas como la de Los pintores de Versalles de Antonio Busto a ritmo del vals de “Tío Alberto”. Y mírense en el mar de Cádiz, otéenlo desde la Caleta y digan con Serrat que no hay nada más bello que lo que nunca han tenido, nada más amado que lo que perdieron. E imaginen a Curro el Palmo soñando con Merceditas por el Barrio de Santa María o busquen por la Viña alguna Penélope con el bolso de piel marrón y los zapatos de tacón y sigan la ruta buscando los fantasmas del Roxy en lo que fue el Teatro Andalucía, donde Serrat cantara en la primavera de 1970 y en donde incorporara a su repertorio la “Milonga del solitario” de Atahualpa Yupanqui, porque como le espetó, en cierta ocasión, a un fan que le pedía que cantara lo suyo, Yupanqui y el folclore sudamericano también eran suyos y forman parte de sus influencias, de su mestizaje sonoro. Como también ha formado parte de su piel la copla de posguerra y los lugares donde amó y sigue amando la vida. Y uno de ellos es Cádiz, donde a Serrat se le recibe como a uno de los nuestros, como el incesante cantor de nuestras pequeñas cosas, de nuestra cotidianeidad, de la vida desplegada como un atlas que nos besa en la boca pero también nos gasta una broma despertándonos sin saber que pasa.
Y permítame el lector incluirme en esta Ruta Serrat como biógrafo de su obra, como alguien que puede contarle a su hija que ha sentido en varias ocasiones el reconocimiento público del cantautor, que ha formado parte de su Cancionero Oficial –Algo personal-, uno de esos regalos que la vida me ha ofrecido. Por eso este texto es también un texto de agradecimiento público al cantautor catalán que cumple 50 años sobre los escenarios, 50 años que son parte de nuestra memoria y de nuestros sueños. 50 años temblándonos en la piel de todos los días. Toda una hazaña en este país de enterradores que no suele soportar el éxito que es fruto del trabajo y del talento. Felicidades Nano.
Artículo publicado en Diario de Cádiz, Viernes 8 de mayo de 2015
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