El destino del hombre acaso sea/ la ola de la mar que curva el cuerpo/ y pasa, y llega hasta la orilla”. Escribió el poeta Francisco Brines hace mucho en algún cuaderno lleno de versos por venir. Poeta con voz propia desde aquel inaugural Las brasas en el que el joven que fue trenza ya una elegía temprana de las cosas idas, de la juventud perdida, de la vejez y el cansancio presentidos.
Algunos hablan de la bondad del poeta. Leer a Brines en la España huracanada no es mal propósito. “La libertad nos encendía” escribe el poeta en otro poema. Y en otro: “Hermosa fue la vida/ cuando el cuerpo era joven”. La lengua como sustento, no como enconado asunto de nacionalismos excluyentes. La lengua para descifrar el alba y para descifrarse uno a sí mismo.
Brines, en las postrimerías del canto, recibiendo el Cervantes. Un año después que lo recibiera Joan Margarit. Qué hermoso cruzarlos. Leer a Margarit en la hermosa lengua catalana y a Brines en la hermosa lengua española. Sentirlos parte de un mismo temblor, de una misma aurora. Tarde de verano en Elca, endecasílabos en la piel del tiempo, memorias del hombre que se sabe mortal cuando abandona la infancia.
Leer a Brines en este otoño pandémico. Dominando el verso de arte menor. Haciendo respirar la tierra en la palabra. “Mere road” o “Muerte de un perro”, poemas que me deslumbraron de joven. Buscar al poeta en el ejemplar de Aún no de la biblioteca paterna. Subiendo las laderas de Elfos o mirándose en el otoño inglés. ¿Quién canta allá a lo lejos? ¿Quién escucha los pinos? Adentrarse en el verso de Brines como quien se adentra en un milagro.
“La noche hace el poema”. Cuánta razón. Noches de soledad y luz de luna en los cristales. Otoño de las rosas, barranco de los pájaros, luz caediza, canción de amor con la ventana abierta. Brines escribiendo el poema “Las últimas preguntas”. Y aquello que subrayé en su día: “De entre mis posesiones/ sólo guardo un pañuelo que oscurece en mis manos”. Brines, al final de todo, recibiendo el Cervantes, con la luz de su verso calmo infatigable. Entre tanto ruido y tanta hostilidad. Entre tanto poeta impostado. Con la verdad de su canción elegiaca. “Al espejo se asoma/ el estupor cansado de mis ojos…”; “Oh, vida/ que todo me lo has dado. Ahora ya sé que, siendo esto verdad/ nada me has dado”. Última declaración de amor del poeta, epitafio vertido sobre la tinta de la oscuridad.
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