Leer en tiempos de María Pombo
El año que expiró levantó su polvareda lo que espetó la influyente María Pombo ante su legión de seguidores, aquello de que leer no nos hacía mejores personas, opinión que trajo su debate como si todavía a estas alturas de la película hubiera que defender la lectura como forma no solo de placer sino de conocimiento. Lo sorprendente es que al carro de la Pombo se subieron con argumentaciones peregrinas filósofos como el mismísimo Javier Gomá que en la contraportada de El País quiso dejarse notar afirmando que no estaba tan lejos de María Pombo habiendo leído muchos libros. Así nos va luciendo el pelo, en este caso la plateada sien al filósofo mundano de la ejemplaridad que a Ángeles Caso vino a decirle lo mismo en el programa El ojo crítico de Radio Nacional de España en conversación por otra parte, de un elitismo absoluto, y que imagino no iría dirigida a quienes no leen.
Siempre desconfío de estos intelectuales con un punto de esnobismo. Mientras en los colegios es cada vez menor la comprensión lectora y empiezan a proliferar los profesores que tampoco leen sale Gomá y también Andrés Trapiello para decir que algunos no son mejores personas porque leen como retorciendo el asunto libresco. Y de pronto a Trapiello y a Gomá les da una hermosa lección el mismísimo Antonio Romera alias Chipi, trovadoresco y auténtico, con el que compartí alguna noche gaditana, y que al buen amigo Paco Reyero le dijo en El Flexo, radio de autor en las ondas de Canal Sur, que los mejores gimnasios son las bibliotecas.
Y por ahí debiera ir la defensa del libro a salvo de intoxicaciones como la de María Pombo en ese culto a la inanidad que padecemos del que la buena poesía podría ser un gran antídoto, como la del murciano Eloy Sánchez Rosillo, que tiene poemas en los que muestra su amor a la lectura como el que tituló “Un libro”, incluido en el poemario Elegías. En él revela su deslumbramiento adolescente en una noche del mes de julio al leer La Cartuja de Parma de Stendhal, la felicidad del libro revelado, la que nunca experimentará Pombo. «En las manos -escribe el poeta- /tomé el libro que hoy, como tantas veces/ vuelvo a abrir con amor».
En casa de mi padre -al contrario que en la de Gomá- cuando él era joven todo era precariedad y dificultad, pero el libro fue siempre un buen compañero de vida en tantas casas humildes en las que se bregaba contra la asechanza de la miseria y del analfabetismo propio del tiempo de posguerra.
Es signo de los tiempos actuales que María Pombo suelte su boutade y venga el filósofo acomodado de turno a decir que no está tan lejos de ella, es decir que como leer no nos hace forzosamente mejores pues lo mejor es no leer con el pretexto de que hay gente maravillosa que no lee lo que es una argumentación tramposa, como si todos los que defendemos el valor de la lectura menospreciáramos a quienes no leen. Y no es así. Lo que nunca haremos es aplaudir a María Pombo y la ignorancia que arrastra su comentario.
De lo mejor que se escribió sobre el asunto no lo hizo Trapiello sino curiosamente Juan Bonilla en una tribuna que leí en Diario de Cádiz y que se tituló “Usted se lo pierde”. Su defensa era sencilla y luminosa: más allá de debates, la lectura es un placer. Ese mismo placer que reflejaba el extraordinario poema de Sánchez Rosillo.
