Goya y Lucientes
En modo Goya últimamente, tras ver dos excelentes películas sobre el pintor, fechadas curiosamente casi a la par, a principios de los años setenta: Goya, historia de una soledad, de Nino Quevedo, con Francisco Rabal encarnando al pintor por primera vez; y Goya, genio y rebeldía, del alemán Konrad Wolf, con Donatas Banionis —el protagonista de Solaris, de Andrei Tarkovski— dando vida al genio aragonés.
A estos visionados se suman dos libros: el reencontrado Goya en Cádiz, de Gaspar Gómez de la Serna, que nos lleva directamente a los magníficos lienzos de la Santa Cueva y a su amistad con el comerciante y coleccionista Sebastián Martínez; y el recién publicado La cabeza de Goya, de Miguel Barrero, apasionante elucubración sobre el destino de la cabeza del pintor tras el traslado de sus restos desde Burdeos, donde fue enterrado, a España. ¿En qué momento la cabeza de Goya fue separada del resto de su cuerpo? Un misterio que Barrero trata de desentrañar de manera amena y documentada.
