Despacio (1972)

En la España de principios de los años setenta varias cantautoras van a desarrollar una carrera discográfica ciertamente interesante, entre ellas Cecilia, Mari Trini o la ilicitana Ana María Drack que por circunstancias de la vida y de los azares de la canción quedó pronto olvidada. Por eso mismo resulta oportuno volver la vista atrás a su primer elepé -utilizando la denominación de entonces- que tituló Despacio… constituyendo una obra sumamente prometedora de aires afrancesados que podían ubicarla en un territorio que estaba explorando la anteriormente citada Mari Trini.

Ana María Drack había empezado trabajando en grupos de teatro independiente como Los Goliardos hasta que en 1970 graba su primer sencillo. Cuando graba Despacio… en 1972 frisa la treintena y entrega en letra y música doce canciones, doce muestras generosas de su búsqueda como cantautora. La estimulante “En la rueda” es una buena carta de presentación de quien va a brindarle su garganta a cualquier desconocido. No faltan aquí algún recitado solemne en la línea de los que solía hacer Patxi Andión. «No necesito disculpas para cantar lo que canto…» recita Drack, casi al final de “En la rueda”, a modo de manifiesto personal al que da lustre el arreglo delicadísimo de José Chova, uno de esos músicos de referencia que ejerció entre 1963 y 1972 de director musical de Philips-Fonogram cuyo sello lanzó este disco de la cantante.

Hay una melancolía otoñal, casi filosófica que impregna todo el disco. Las canciones tratan de ser directas y líricas como “Andando, como tú” -oda al amor fugitivo- o la bellísima y anafórica “Despacio” que da título al disco. Son canciones que reclaman una escucha atenta mientras Chova juega con las melodías e introduce algún que otro eco jazzístico con un piano muy envolvente. Ana María Drack toma la palabra como mujer, con determinación en canciones como “Buen viaje, amigo”, “Si no he perdido la fuerza” o “Habla de ti, conmigo”, confesión amorosa que culminaba la primera parte de un disco cuya portada se cobijaba en lo evocador de los objetos antiguos, desde relojes de bolsillo a desgastados cepillos, llaves o monedas.

Ana María Drack cantaba con convicción y fe en la melodía con las que sustentaba unos textos en los que se percibe un gusto por la palabra poética que desarrollará abiertamente una vez se aleje de la canción. No siendo poseedora de una gran voz sabía transmitir con cadencia los sentimientos que canta. No estamos por tanto ante una cantautora desabrida sino todo lo contrario. Despacio… alberga canciones sustanciosas que autorretratan a quien las canta con la importancia que esto tiene en aquella España del tardofranquismo en el que la mujer habla de sí misma, de sus soledades firmemente asumidas, de sus cuitas amorosas, de sus propias incertidumbres. Quizá hay abuso de recitados, pero finalmente se impone la calidad compositiva de la mayoría de los temas. Una de las mejores canciones del disco es “Asientos individuales” con guiño a Georges Brassens y a “Les amoreux des bancs publics”. Una canción a la altura de las que podía componer Cecilia o Mari Trini con un estupendo crescendo final y sobre todo un canto a la soledad que se asume al margen de toda dependencia amorosa. Que lo cante una mujer le otorga aún mayor valor.

El disco avanza. Ana María Drack explica -detalle curioso- algunas de las canciones que se van escuchando a modo de apunte o aclaración.  Entre ellas “Aquí, en el mismo lugar” que precede a “No quiero ser tu amante”, “Canción a Silvia” -hermoso tema dedicado a su hija- “La del metro” -incursión en el sarcasmo- o la habanera final “Cuando el tiempo se va”. «Quiero probar mi libertad…» canta con rotunda expresividad Ana María Drack en el carrusel sonoro de “No quiero ser tu amante”, otra de las grandes piezas afrancesadas que conforman Despacio… con brillante orquestación del Maestro Chova cuyo nombre reza de este modo en la contraportada del disco, iluminada por un retrato sonriente de la cantautora ilicitana.

Más allá del exceso melancólico Despacio… es un disco de afirmación poética y emocional de una cantautora que escribe como mujer y rehúye del amor romántico con una marcada crítica al machismo imperante en la sociedad, una crítica si se quiere sutil, pero que alcanza una mayor concreción en la canción menos seria de todo el disco, la titulada “La del metro” que finalizaba precisamente con el vertiginoso sonido de un metro.

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