El Dylan de Jordá

El Dylan de Eduardo Jordá, también poeta, resuena en mi cabeza una vez leído, un Dylan cuya brevedad no está exenta de profundidad, habiendo como hay en la extensa bibliografía del músico ambulante de Minnesota tratados de mucha corpulencia y grosor que tiran de muchos hilos.

Yo también estuve aquella noche de Dylan de junio de 2023 en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla, pero no vi el autobús de gran tamaño, negro y tintado, donde viajaba el músico invisible, el número cero, que se alojó en el Hotel Alfonso XIII frente al que tantas veces pasé de estudiante universitario: cabeza baja, timidez enfermiza.

El enigma Dylan encuentra en Jordá un perfecto rastreador de sus huellas, como antes lo fueron Mariano Antolín Rato, Jesús Ordovas o Vicente Escudero, en aquella editorial Júcar, edición Los Juglares, bañada por el mar Cantábrico.

Entre Homero, en busca de Itaca, y Judas, como bramó aquel rabioso tipo en el Free Trade Hall de Manchester, Dylan, con sus muchos nombres, siempre parece escabullirse de toda tentativa de analizarle, resumirle o perseguirle, porque como escribe el propio Jordá perseguir a Dylan es como perseguir a Moby Dick. En resumidas cuentas, el viejo Bob está en todas partes y en ninguna, es al mismo tiempo principio y final, génesis y apocalipsis.

En este libro Jordá nos entrega una banda sonora más allá de “Like a Rolling Stone”, es decir más allá de sus grandes éxitos. Reivindica además el Dylan de finales de los años sesenta, el de John Wesley Harding, Nashville Skyline y New Morning. De la mano de Jordá, en un tocadiscos tan invisible como Dylan, el de la propia memoria sentimental, suena “To Ramona”, por la que siempre sentí debilidad, o “I and I” del disco Infidels, autorretrato y desdoblamiento, en donde la poesía de Dylan -constata Jordá- se interna más a fondo en el misterio y en la divinidad. Ese yo de la dualidad, que es multitud, que es otro a lo Rimbaud, que no es uno sino dos, cada sujeto individual y su creador, el yo de carne y hueso y el yo artista.

En este Número cero se dan la mano el Dylan torrencial y juvenil de los años sesenta, el de la hipnótica “Sad Eyed Lady of the Lowlands”, a 60 años del mágico y eléctrico Blonde on Blonde, y el que, en las puertas de la vejez, o ya adentrándose de lleno en ella, escribe “Murder Most Foul” y antes “Every Grain of Sand”, tocado por la gracia y las musas y mucho antes “I Want You” en clave amorosa.

Lo meritorio de este libro de Jordá es que en pocas páginas es capaz de celebrar a Dylan, condensándolo con sabiduría, y sin subrayados inocuos. Consigue resumirle en su dimensión de poeta indescifrable con múltiples tretas, nunca ajeno al misterio. En una muy reciente entrevista el poeta murciano Eloy Sánchez Rosillo venía a decir que le asombraba la posición del agnóstico, del nihilista o del ateo, porque negaban la profundidad del misterio y pensé en Dylan que nunca lo negó y tiene una canción titulada “I Dreamed I Saw St. Agustine” y otra titulada “Three Angels”, antes de abrazar la etapa cristiana tan controvertida y escasamente comprendida.

Jordá no rehúye del Dylan místico, tampoco del más terrenal y obra el milagro de comprenderle aún sabiéndole inaprensible, lo que no implica paradoja. De tal modo que el viejo Bob está en todas partes y en ninguna, siempre moderno pero sujeto a su vez a la tradición de los cantores populares, de los que supo apropiarse hasta el punto de que Dylan no es uno sino muchos tras haber andado todos los caminos.

He aquí las claves de un artista ilimitado que ahí sigue proyectándose hacia el próximo recital en un presente perpetuo con la voz cada vez más lastrada y la espalda cada vez más encorvada. El eterno Robert Allen Zimmerman que nació el mismo año que mi madre, 1941, en Duluth, y fue todos los nombres, todos los poetas y todos los músicos itinerantes, de Rilke a Yeats, de Dylan Thomas a Rimbaud, de Robert Johnson a Hank Williams, entre el blues, el folk y la electricidad. Lean este libro de Jordá, también poeta, para celebrarle como merece.

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