Crónica de un Clásico

El Real Madrid tenía todas las de perder. Se presentó en el Camp Nou a seis puntos del Barsa, terriblemente exigido. Para colmo el aficionado madridista entró en pánico cuando se enteró que Courtois tantas veces inexpugnable sería baja ni siquiera se valoró que Lunin es un buen guardameta o cancerbero, palabra en desuso.

El fútbol tiene esta maravillosa imprevisibilidad. Lo que se da por hecho finalmente no sucede y eso se vio desde que empezó a rodar el balón. El Real Madrid de Mourinho se plantó en el césped como un equipo lo que no había sido capaz de hacer hasta ahora. También ayudó juntar a los buenos y Bernardo Silva y Arda Güller lo son.

Cucurella borró a Lamine Yamal. Bellingham estuvo en todos los sitios. Mbappé hizo lo que debe como atacante estelar que es, por mucho que se le siga discutiendo desde el madridismo más recalcitrante. La ausencia de Vinicius, que ha perdido el norte balompédico, confirmó que el costamarfileño Yan Diomande puede ser la nueva gran esperanza blanca. Hasta Camavinga se reivindicó en esa jugada final que dio el triunfo a los merengues en una plaza que tantas veces se le ha resistido.

Ganó el Real Madrid con total justicia. No hubo ni polémica arbitral en la que el derrotado siempre busca justificarse. El hasta entonces -en liga- invicto equipo culé se vio superado por un rival que sabía de la importancia del envite y que se sitúa a solo tres puntos de su eterno rival.

El fútbol son momentos y vive del presente. Las dudas son ahora certezas. Mourinho ha recuperado el crédito como entrenador estratega, pero el campeonato se gana dando la cara en todos los campos. El futuro determinará si este partido ganado sirve o no de punto de inflexión.

Cuando gana el Madrid este tipo de partidos uno siempre teme la enésima representación de Tomás Roncero, muestra inequívoca del nivel de cierto periodismo deportivo entregado al forofismo con Josep Pedrerol como maestro de ceremonias de esa cosa llamada El chiringuito de jugones. Es signo de los tiempos ruidosos, chabacanos y polarizados, en el fútbol, en la política y en la vida.

Todo Barsa- Real Madrid encierra una nostalgia absoluta de los muchos partidos vividos y sufridos desde mi niñez cuando el ataque blanco lo formaban Juanito y Santillana, apodados en las tardes dominicales radiofónicas Supersónico y El Puma, uno maestro de la finta y del regate, el otro rematador puro y duro, elevado hasta lo más alto cuando remataba con la testa. Era otro fútbol, indudablemente más puro, pero en el que también se daban estafas, compras de partidos, asuntos turbios y maquinaciones varias.

Marcó Mbappé tras jugada eléctrica casi al final y el Real Madrid fue, por fin, un equipo reconocible, con alma y no descalabrado. Salió reforzado cuando parecía que iba a salir sentenciado. El fútbol es también lo inesperado. Por eso engancha, nos atraviesa sentimentalmente y mientras dura el partido nos aleja de la muerte.

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