Subirse a un tren y no contarlo

«Las películas avanzan como trenes en la noche», decía el director de cine François Truffaut. Los trenes tan presentes en el cine como en la vida. Las estaciones de tren, tan novelescas, entre gente que va y viene, que se desplaza o se despide, amores nacientes o amores agonizantes, toda la existencia junta, cada cual con sus rutinas y pensamientos.

El tren fue un lugar seguro. ¿Cuántos trenes no habré tomado a lo largo de mi vida? Solo que el que ha utilizado el tren muchísimas veces sabe hasta qué punto el servicio ha ido degradándose con retrasos groseros y esperas desesperantes. Todo ello hasta este 2026 de las tragedias ferroviarias de Adamuz, provincia de Córdoba a Urda, provincia de Toledo, con muchísimas vidas apagadas de pronto, y otras tantas de supervivientes conmocionados para el resto de sus vidas.

Subirse un tren y morirse ante el impertérrito ministro de Transportes, Oscar Puente, que tiene el poco tacto de calificar de inverosímil el accidente, al que solo pueden defender los muy fanatizados e ideologizados. Puente representa a la perfección la falta de moralidad de cierta clase política. Un individuo chusco y maleducado, omnipresente en Twitter, que hace unos días se subía a un tren televisivo muy particular, el del Show de Marc Giró en La Sexta, para hacerse el graciosillo, el bromista, con los muertos de Adamuz encima, antes de los muertos de Urda. Ni por uno ni por otro accidente ha asumido responsabilidad alguna. Estamos tan polarizados que ya no sabemos dejar a un lado los credos y los dogmas para reconocer en Puente la abyección de cierta clase de político que se da a derecha e izquierda, pero también a izquierda, aunque no sepamos reconocerlo.

Subirse a un tren y no contarlo. Vidas que fueron y ya no son. Otra vez las secuencias luctuosas, los pésames y las flores, los discursos de rigor, los Reyes compungidos, los programas de televisión hurgando en el drama. Otra vez todo eso y de fondo la inacción, la irresponsabilidad manifiesta de un país en quiebra moral que embiste más que piensa como dijera Antonio Machado que escribió aquel poema titulado “El tren”, y decía ir «ligero de equipaje, en su vagón de tercera», cuando no había AVE ni inversiones mayestáticas, y el verso de todos los días se escribía frente al paisaje castellano divisado tras la ventanilla.

En cada catástrofe morimos todos un poco cada día. Cualquiera de nosotros podríamos haber estado en este tren y ser parte de ese desgarro de tantas familias que ya no volverán a ver a sus seres queridos. Luego está la indignidad de quienes usan una tragedia electoralmente, pero en esto nadie puede dar lecciones. La inmundicia va por barrios y pobre de aquel que crea que la inmundicia son siempre los otros.

El caso es que ya uno no podrá subirse al tren como se subía antes, distraído de la muerte, absorto en el paisaje descubierto, con un libro entre las manos, camino de Madrid o de Barcelona, de Atocha o de Sants. Adamuz y Urda son heridas de difícil cicatrización. Lo peor de todo esto es que se vio venir y que más temprano que tarde el ínclito Puente volverá a vomitar fuego en un tweet sin asumir ningún tipo de responsabilidad. Me gustaría equivocarme y que el Ministro de Transportes, el del accidente inverosímil, asumiera la responsabilidad derivada de su cargo. Al menos tendría un mínimo de la dignidad de la que ha carecido hasta ahora.

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