Corral de muertos (1954)

El neblí, ave rapaz de vuelo vertiginoso, dio nombre en los años cincuenta del siglo pasado a una colección de poesía en la que figuraba Corral de muertos, el primer libro del poeta de Arcos de la Frontera Julio Mariscal Montes.

Libro de elegías, como su propio título de resonancia unamuniana hace saber: «Corral de muertos entre pobres tapias hechas también de barro». La cita del poeta noventayochista servía de entrada al universo funeral de todo el libro que se dio a imprenta en Madrid con una primera edición fechada en enero de 1954 al precio de cinco pesetas.

Corral de muertos es atravesado por nueve poemas en los que Julio Mariscal revela el temblor de su voz lírica hecha de pérdida y desaliento. El soneto “Ciprés”, dedicado a Felipe Sordo Lamadrid, abría el conjunto, con el simbolismo preclaro del vertical ciprés, que hace pensar inevitablemente en el soneto “El ciprés de Silos” de Gerardo Diego, «enhiesto surtidor de sombra y sueño». Como en todo buen soneto, Mariscal sabe jugar las cartas de los conclusivos tercetos, no sin antes preguntarle al ciprés: “¿Qué talle de otro abril vino a traerte/ ejemplo en las cenizas de tu olvido?”. Tanto Diego como Mariscal dialogan directamente con el árbol, lleno de verticalidad y trascendencia.

Cada poema de Corral de muertos lleva su dedicatoria que es también un modo de pulsar el ambiente lírico que rodea al poeta desde su paisano Antonio Murciano a José María Pemán, cuyo magisterio lírico y tutela era evidente en aquel entonces.

Julio Mariscal escribe sus epitafios sobre el polvo de la tarde con una varita de acebuche. A Manuel, por ejemplo, “Pañero de Montejaque”, provincia de Málaga. Entre el olvido y el camino, el poeta se adentra en los silencios hondos de la muerte. Se hace preguntas que no esperan respuesta. Como las del poema a Luisa, amortajada, dedicado al sevillano Aquilino Duque:

Aquella burla trágica, vengo a decirte ahora

porque tú sabes, porque tú lo sabes,

porque tú solo sabes, Luisa, cuántas noches

de insomnio, cuántas duras noches

de clavarse las uñas en la sangre,

de amordazarse, de vencerse, para

no subastar su nombre en las esquinas.

Es Julio Mariscal en Corral de muertos un poeta trágico de elegías cantadas y metáforas que arden para quien la vida es un “guiñol terrible”. Hay, en la secuencia lírica de su libro, poemas más breves, otros más largos. En uno de ellos le dice a un grupo de muchachas que no lloren al muerto al que las amapolas siguen aguardando en los trigales.

En todos los poemas vibra el campo, el mundo rural y aldeano propio del poeta, como en el dedicado a Fernando Quiñones, en el que se llora la muerte de un personaje llamado Joaquín el de los Burros, «áspera voz de coplas y aguardiente» en feliz endecasílabo. En esta elegía extraordinaria el poeta convoca a la madre dolorosa y enlutada y también a la novia, llevándonos hasta la propia cama del difunto con sus cuatro velas y un «Cristo derrengado e implacable».

La palabra muladar se nos viene encima en otro de los poemas como «lugar degradado material o moralmente» con esa carne acorralada o comprada, una moza de pueblo y su lápida blanca. La palabra insomnio se repite en otro de los poemas, el dedicado a un tal Fernando. Cada personaje tiene una historia que el poeta rescata entre las calles del pueblo y las casas de cal: «Si vieras tú, Fernando/ cómo llenas ahora el pueblo con tu ausencia».

Cada muerte, Julio Mariscal la hace un poco suya. Como la de Rosa, en el poema dedicado a José Antonio Muñoz Rojas, con sus veinte veranos, rescatada en su más profunda cotidianeidad «en los primeros bancos de la misa de doce» a su vez «pegada a un hombre seco». Todo para terminar siendo nada con una lápida que dice «¿Cómo podré olvidarte?».

En otro de los poemas de Corral de muertos estremece la muerte del niño de cinco años con estos dos versos finales tan expresivos y elocuentes: «Ya es tarde para ti/ que no tuviste tiempo para nada». La muerte de un niño siempre deja una mayor conmoción en quien la canta.

En ese mundo de los años cincuenta, marcado aún por la posguerra, Julio Mariscal da forma a su poesía. Entra en un café y en los grises de la tarde otoñal eleva su canción. Cabe imaginarle con la vida y el verso por delante, ya en la treintena, parte de los sueños del grupo lírico de Alcaraván como Carlos Murciano a quien dedicó el penúltimo poema de Corral de muertos, que rescata la historia de Carmen la del minero, en su segunda muerte, «esa terrible muerte del olvido».

El poema final se lo dedica Julio Mariscal a Antonio Luis Baena, otro paisano del Grupo Alcaraván de los poetas arcenses. El último muerto del libro es Antonio Heredia, de profesión zapatero.

La colección Neblí estaba al cuidado de Rafael Millán, Felipe García Ibáñez y Juan Germán Schroder con dibujos de Jean Chatillon. Antes que Corral de muertos había dado a imprenta libros de Ramón de Garciasol, Gerardo Diego, Ángel Crespo, Carmen Guasch o Ángela Figuera Aymerich, entre otros. El ejemplar que atesoro de Julio Mariscal llevaba dedicatoria a mi padre, fechada un 9 de septiembre de 1954: «Para José Manuel García Gómez, buen poeta y buen amigo».

Deja un comentario