Silvio por sevillanas
En la ciudad de otro Silvio, el rockero, apellidado Fernández Melgarejo, vino a triunfar en dos noches consecutivas Silvio Rodríguez. Dominguez, en cuya guitarra resuenan todavía los ecos de aquella Nueva Trova Cubana de los sueños revolucionarios cantados, que fueron desgastándose con el pasar de los años.
En noche sevillana, -yo estuve en la segunda-, en un Palacio de Exposiciones y Congresos lleno hasta la bandera, Silvio echó a volar sus canciones, con su guitarra eterna y un grupo de músicos extraordinarios, entre los que no podían faltar ni su mujer, la flautista y clarinetista habanera Niurka González, ni su talentosa hija, la pianista Malva Rodríguez.
Silvio es un espejo en el que me contemplaba en la ya lejana adolescencia, entre los vinilos del hermano mayor, los días y flores de aquellos tiempos, y el descubrimiento de los cantautores. Uno vuelve, o quizá nunca se va del todo, de aquello que empezó a conformar su equipaje sonoro, ese lugar que ocupan las canciones que hizo decir a Marcos Ordóñez en su dietario Una cierta edad que casi todo estaba en ellas, «el cielo imperturbable, los colores cegadores, el tiempo que parece no avanzar, el corazón sin motivo en la garganta…».
Con una voz en la que el tiempo parece no hacer mella, Silvio nos regaló un concierto de una belleza absoluta, con el mejor arropamiento musical, entre los acordes del tres cubano y las sutilezas del contrabajo, donde no faltaron muchos de sus clásicos. Todo confluyó en el otoño recién estrenado, que más parecía verano, donde Silvio viajó desde “Historia de las sillas” a “La era está pariendo un corazón”, de “Quién fuera” a “Escaramujo”, de “El reparador de sueños” a “Sueño con serpientes”. Distintas etapas, anhelos y búsquedas, el Silvio de ayer y el Silvio de siempre, el de “Eva” y el de “Viene la cosa”, el de “Canción del elegido” y el de “El necio” y también el de las infaltables “Unicornio”, “Ojalá” y “Te doy una canción”, allá donde el recital empezó a dibujar sus últimos suspiros.
Entre José Martí y Luis Rogelio Nogueras, la canción de Silvio es tiempo detenido por La Habana vieja, palabra trovadoresca que llamea en el presente, con todas las paradojas que se quiera, pero con una poesía que ensancha el alma y es siempre horizonte.
No faltó su homenaje a Luis Eduardo Aute, compañero del alma, del que bordó “La belleza”, una canción que parece escrita ayer, tan sabia y demoledora, grabada unos años antes que Silvio y Aute girarán juntos en memorable mano a mano que dio como fruto un disco en directo.
A la finalización del concierto pude conocer a Silvio, estrecharle la mano y conversar brevemente con él. Me dedicó el cedé Segunda cita, que tiene ya unos años como él me recordó, pero incluye la maravillosa canción homónima, capaz de unir a Lorca y a John Lennon. También le regalé un ejemplar dedicado de Aute infinito. Pude saludar también a su mujer y a su hija, felicitarles por tan magnífico concierto. En este encuentro Aute estuvo en espíritu, absolutamente revivido.
Silvio por sevillanas, el otro Silvio, no el de “La pura Concepción”, sino el de San Antonio de los Baños en la provincia de Artemisa, a punto de cumplir ochenta años, leyenda de la música popular, entre alas de colibrí y mitológicos unicornios, parte de aquellos días y flores de la adolescencia donde algunos le descubrimos en la soledad de algunas tardes, probablemente de estío, cuando la canción nos llegaba como una hondísima revelación que aún nos sustenta.

