Tiburón (1975)
Tenía solo un año cuando Tiburón se estrenó en un cine gaditano, el Municipal, en el mes de diciembre de 1975. El cine y la vida. Aquellos cines y carteleras de antaño que se los llevó el viento y el tiempo inapelable: El Gran Teatro Falla que también exhibía películas, el cine Avenida, el Teatro Andalucía, el Cine Gaditano, el Imperial o el Nuevo. Estaba recientísimo el final de la agonía del dictador Francisco Franco, «el escualo del Pardo» que a dentelladas había regido España que ahora se encaminaba hacia el anhelo democrático con más dudas que certezas.
Para que Tiburón fuera película había que comprar primero los derechos cinematográficos de la novela de Peter Benchley y eso hicieron Richard Zanuck y David Brown en 1973 con la primavera de 1974 como objetivo en el calendario venidero para empezar a rodar. Spielberg leyó Tiburón y no le tenía mucha fe al proyecto. Venía de rodar la que en puridad fue su primera película, Loca evasión, elogiada por la temible crítica cinematográfica Pauline Kael, la de los dardos envenenados a Clint Eastwood en estos setenta explosivos y febriles.
El guion de Benchley sobre su novela no ayudó a Spielberg a confiar demasiado en el proyecto. Era preciso meterle mano con guionistas en la sombra a los que se sumó Carl Gottlieb que sí figurará en los créditos junto a Benchley. El cine es un trabajo de equipo -ya se sabe- y en Tiburón fue importante la elección como montadora de Verna Fields que también era sonidista. Fields ganó el Oscar al mejor montaje por Tiburón que también fue nominada a mejor película, pero Spielberg fue ninguneado como director sin ni siquiera ser nominado. En el fondo receló del Oscar de Verna Fields cuya historia cinematográfica estuvo unida al Nuevo Hollywood en cuyo seno alcanzó notoriedad.
Para llegar a un clásico popular como Tiburón es importante la toma de decisiones. Si la Universal propone a Charlton Heston y a Jan Michael Vincent como protagonistas alzar la voz como hizo Spielberg y decir que busca rostros más corrientes y entonces Zanuck y Brown le propusieron a Robert Shaw para el papel del cazador Quint. En esa línea de buscar rostros menos asimilados por el gran público se pensó en Richard Dreyfuss para encarnar al sabiondo oceanógrafo Hooper y como el bíblico Pedro negó tres veces porque no le gustaba el guion, pero al final accedió. El trío protagonista culminó con Roy Scheider como jefe de policía de la imaginaria localidad costera de Amity. Los tres en alta mar, en busca del gran tiburón y en la confidencia de la noche y del alcohol, protagonizan una de las mejores secuencias de la película. Aquella en la que se revelan más frágiles y humanos. En esas secuencias – y no solo en aquellas donde el tiburón acecha y comparece- es donde se revela el gran cineasta que ya era Steven Spielberg a mediados de los años setenta.
El rodaje tuvo mucho de infierno dantesco del que Spielberg quiso huir varias veces. Por fortuna resistió y ganó. Todos esos augurios que parecían situar la película al borde del desastre no se cumplieron. La película parecía no tener fin para el cineasta hasta que lo tuvo el 17 de septiembre de 1974 con muchos más días de lo previsto. Al fóbico Spielberg Tiburón le costó ataques de ansiedad siempre paralizantes. Aquel Moby Dick setentero llegaba a puerto. Ahora tocaba esperar la respuesta del público que fue entusiasta.
Lo grandioso de Tiburón es que logra trasmitir la amenaza del monstruo marino sin necesidad de mostrarlo o mostrándolo lo justo y necesario. Dado que los efectos especiales no funcionaban había que buscar una alternativa a la que también ayudaría la espeluznante banda sonora de John Williams. Una jugada maestra elusiva con un referente, El enigma de otro mundo, película de ciencia ficción de 1951, estrenada cuando Spielberg era un niño de apenas seis años.
Tiburón se estrenó en más de cuatrocientas salas de Estados Unidos. La película superaría en recaudación a El Padrino y a El exorcista. Un rotundo éxito para una película que parecía condenada al fracaso. Fue un antes y un después en la industria cinematográfica. También se estrenó en el Festival de San Sebastián, pero la crítica miope quiso ver en ella una americanada y no estuvo atenta a sus muchísimas virtudes cinematográficas que la convertirían en clásico del cine popular en una década muy intensa en el cine norteamericano, bien estudiada por Peter Biskind en su libro sobre moteros tranquilos y toros salvajes a los que habría que añadir el carnívoro tiburón irrumpiendo en las aguas tranquilas del pueblo inventado de Amity filmado por el joven prodigio Steven Spielberg, natural de Cincinnati, Ohio, donde vino al mundo en 1946.
Es decir que cuando filmó Tiburón rondaba ya la treintena, pero en cierto modo lo que su película buscaba era la adolescencia de los espectadores porque apelaba a sus emociones más primarias. Así lo escribió Fernanda Solórzano, crítica de cine mexicana, en su libro Misterios de la sala oscura que combinado con el de Biskind constituye un buen tratado de cinefilia.
Tiburón se estrenó en San Sebastián, en Cádiz y en el mundo entero. Fue un éxito incontestable. Tiburón venía en cierto modo de Duel, aquí distribuida como El diablo sobre ruedas, cambiando el camión asesino por el tiburón. En ambos casos no sabemos el motivo de los ataques. Duel fue concebida para televisión, pero ya revelaba el talento cinematográfico de Spielberg y su sentido del suspense. De hecho, se estrenó en salas de cine. La endiablada Duel tenía que ver con la endiablada y perversa Tiburón, aunque poco tuvieran que ver los mundos de Richard Matheson con los de Peter Benchley.
Hay quien se empeña en comparar novela y película cuando son dos lenguajes distintos. Huyamos de esa tentación. Lo que no cabe duda es que Tiburón es historia del cine norteamericano mientras que la novela no lo es de la literatura norteamericana y sí tiene consideración es precisamente por ser la que inspira la película de Spielberg.
Tiburón permanece en la filmografía de Spielberg como una de sus grandes obras. Hay quien dice que ha envejecido mal. Otro de esos comentarios gratuitos sin argumento que lo sostenga aunque lo viertan doctos en la materia como Manuel Hidalgo. Tiburón es una obra maestra de principio a fin cuya angustia tiene mucho que ver también con la América neurótica post-Vietnam y post Watergate, un año después de La conversación de Coppola.
El contexto también influye en el cine popular que encarna Tiburón en ese monstruo terrorífico que rompe la paz de un enclave costero y turístico donde también campa a sus anchas el hambre especulativa de los mandamases, en este caso el alcalde del lugar y quienes le secundan. Ojo a lo que escribió sobre ella David Thomson en Film Comment en 1981: «Tiburón puede ser el trabajo de un chiquillo alegre, pero administra la más exhaustiva de las violaciones en pantalla, para luego excluir a los personajes femeninos por completo». ¿En serio, David? Tiburón masculina y tóxica. Ahí es todo.
Hay que imaginarse aquel cine gaditano que proyectó Tiburón aquel verano de 1975. También el miedo a introducirse en el mar después de aquello. La fiebre de Tiburón produjo secuelas directas o indirectas (Tiburón 2, Piraña etc.) el surgimiento de un filón que además despertó un interés inusitado por los tiburones. Hasta Jacques Tati le hizo un guiño a la película en un añadido a su maravillosa Las vacaciones del señor Hulot, película de estío como el Cuento de verano o Pauline en la playa de Rohmer, como la propia Tiburón, cada una por distintos motivos.
Leonard Maltin en su Movie Guide tan icónica le dio cuatro estrellas a Tiburón, las que indudablemente merecía. Corría 1975. Yo tenía un año. Sin Tiburón Spielberg no podría explicarse. Ahí empezó un camino de éxito casi constante. La marca Spielberg. ¿Quién lo hubiera previsto cuando el cineasta empezó a rodar aquella película en la que casi no creía?
