La saeta y Fernando Quiñones
Miguel Pantalón atravesó la noche gaditana del Jueves Santo. En un café colmado de gente miró su reloj averiado y pensó que debía estar próxima la hora de emprender la búsqueda del Nazareno de Santa María antes de las claras del alba.
El levante estaba como en calma. En la lejanía se escuchaban los ruidos acompasados de los tambores y pensó en lo que, del Nazareno, de su historia y de sus leyendas, le había contado Jesús del Río, sapiente hermano de la cofradía y con afición al flamenco.
Pantalón andaba como nervioso, con los ojos como de haber llorado mucho, y el corazón acelerado. Era como si algo le quemase por dentro y esa quemazón era esa saeta que debía cantarle al Nazareno antes del alba.
Pantalón se puso delante del paso y comenzó a quebrarse y aquel hombre parecía poseído por el mismísimo Enrique el Mellizo que según contaba se le aparecía en sueños y que le dictaba cantes por lo bajini en algunas noches en las que se le había ido la mano con el vino peleón de alguna taberna.
Aquella saeta de Pantalón en noche remotísima del Jueves Santo dejó al público en silencio mientras el Nazareno, ya clareando, buscaba recogerse entre los clamores su barrio y el último esfuerzo de los cargadores.
Es un enorme placer intervenir en este congreso que lleva por título Fernando Quiñones y el flamenco, atendiendo la amable invitación del profesor Alberto Romero Ferrer. Quiero aclarar antes de entrar en materia que no soy flamencólogo, aunque sí aficionado al flamenco. Mi ámbito de estudio tiene que ver con la música popular, la canción de autor y melódica y también con el cine y la literatura.
En el caso de Quiñones fue para mí desde siempre una presencia cercana en casa, dada su amistad con mi padre, el poeta gaditano José Manuel García Gómez con el que compartió una misma posguerra, afanes literarios y una rica correspondencia.
Traigo conmigo este codiciado ejemplar de Ascanio o Libro de las Flores, Málaga, imprenta Dardo germen de la poesía quiñonesca y con dedicatoria de Fernando a mi padre: «Este Ascanio, primer libro de uno, Madrid, 1957».
Todo estaba evidentemente por hacer, pero ya Quiñones tenía claro que su camino iba a ser el de la literatura, entendida en toda su amplitud, y haciendo frente a las encrucijadas hacia las que arrastra el desenvolvimiento de la propia vida. Ya entonces en Quiñones habitaba el flamenco como forma de ser. También mi padre en los años cincuenta conferenciaba sobre flamenco acompañándose del cantaor gaditano Chiquito de Cai. Pero eso es otra historia que vincula sutilmente el mundo de uno y de otro.
Fernando Quiñones escribió un poema titulado “Ahí viene por esa cuesta”, un tanto desconocido pese a ser parte de su libro Las crónicas del 40 que la editorial Hiperión publicó en 1976. Quiñones evoca una salida del Nazareno de Santa María como crónica de posguerra. El Nazareno constituye una de las imágenes más icónicas, históricas y devocionales de la Semana Santa de Cádiz. En su poema, espléndido, descriptivo, evocador, Fernando Quiñones llama al Nazareno «El gran hiératico» con lo que se alude a la imagen antes de que los estragos de la Guerra Civil causaran daños que obligaron a reformarlo, convirtiéndolo en Nazareno itinerante con una zancada más próxima al Gran Poder de Sevilla. No escatima Quiñones apuntes históricos y lo que el Nazareno supone como imagen devocional y oracular para todo el barrio de Santa María desde la chiquillería que conoce su historia hasta las más ancianas del lugar que se hincan de rodillas ante él y le rezan fervorosamente.
He aquí los suspiros de un barrio sufriente y sobre todo una estampa de la Semana Santa de Cádiz dibujada en un poema heterodoxo, vivo, certero, que supera con mucho los ripios de los que abusan los pregoneros del ámbito de las cofradías al uso.
Hay referencias flamencas muy concretas en este poema al Nazareno. Por ejemplo, en la alusión a la siguiriya y al martinete y la que finalmente hace referencia en el final del poema a las saetas que al Nazareno se le cantaban desde tiempo inmemorial, «Gran Hierático que avanza como Rey Mayor de los gitanos y que es el que mejores saetas levantó» escribe Quiñones.
Este poema del Nazareno sirve de ejemplo de la atracción que Quiñones sentía no solo por el duende flamenco que atesoraba la saeta como expresión popular sino también el interés que le despertaba la Semana Santa en un sentido antropológico, vivencial y andaluz. Es importante ahondar en ello ya que de Quiñones a veces sin querer y otras queriendo puede hacerse cierta tergiversación de su manera de aproximarse a determinadas manifestaciones populares y de acercarse a otras.
Seguramente todos hayan oído hablar de un Quiñones muy carnavalero, pero no tanto de un Quiñones que ponía no solo el oído en el cante telúrico de la saeta sino también en el paso que avanza entre el gentío con un contoneo marinero a golpe de resonante tambor.
Al final de su vida Quiñones escribió un artículo en Diario de Cádiz titulado Carnavales, fechado un 17 de febrero de 1997. En él se mostraba contundente con la deriva del Carnaval: Ya casi me borré. Soy de los muchos que creen que se desmadraron, que no nos dan beneficios ni mayor prestigio, que a la categoría y atractivos de Cádiz no deben usurparlos unos disfraces y unas coplas por saladas que sean (y van siendo las menos). Y más adelante escribe: «Ingenio, fuerzas, dineros, se los lleva el Carnaval, y los políticos ni pío: todo menos perder votos y popularidad. El «interés internacional» otorgado al Carnaval gaditano olvida que Cádiz es muchísimo más que un Carnaval y que el nuestro tampoco es el de Río o Venecia. Los viejos geniales, del Tío de la Tiza a Paco Alba, no hubieran entendido que el Carnaval se come medio año, que mucho comparsista se cree Alberti o Falla, que el interés internacional se traduce más bien en un vuelco del cutrerío nacional, con más robos, atracos y basuras a tope. Y que en los presupuestos carnavalescos, privados y públicos, se van dineros destinables a necesidades o auténticas conveniencias gaditanas de primer orden, qué cosa».
El mismo Quiñones que escribía estas palabras dedicó por esas mismas fechas artículos curiosamente laudatorios a la Semana Santa de Cádiz, a esos Cristos bañados en su pátina barroca por el océano atlántico, una Semana Santa que vinculaba al mar, como no podía ser de otro modo para quien había dado a imprenta tantas páginas con mucho mar dentro.
El interés que a Quiñones le despierta la Semana Santa tiene que ver primero con el flamenco. En sus Retratos violentos publicado en 1963 en la colección Alcaraván de Arcos de la Frontera hay una “Oda al cante” que clausura el libro donde llega a decir que «el cante no se entiende, sino que se vive». En otro verso leemos que «crece un cante en la noche y entonces todo calla». Y pensamos también en la saeta como cante creciendo en la noche, apareciendo como ráfaga o flecha que un saetero o saetera dispara desde un balcón o en la calle, saliendo al paso entre el gentío, de manera imprevista como surge el cante profundo y que no puede ser domeñado.
Podemos imaginar a Quiñones leyendo el Poema del cante jondo de Federico García Lorca en un café gaditano y deteniéndose en el “Poema de la saeta”. O escribiendo en el poema “La lectura” en homenaje a Lorca: «Por el rojo clavel del aire/ de verano tardío/ suena aún la voz del almuédano». Y cuando Quiñones cita al almuédano no creo que olvide a los arabistas que creen encontrar en esa figura canora que llama a la oración de los fieles un antecedente de la saeta.
Saeta que Quiñones escucha en Cádiz, pero también en Jerez. En Las crónicas de mar y tierra, colección de poesía El Bardo, 1968, hay un poema en el que Quiñones cita la recogida de la cofradía jerezana de la Yedra, también popular y de barrio, y hace referencia a las saetas que herían las efectivas ráfagas de jazmín.
«Empezaba el verano/ Poco antes y sentados en un tejado/ sujetando con las piernas una botella destapada/ Vicente había trasmitido para la emisora local/ la recogida de la Yedra/ la plazuela antigua/ las saetas que herían las efectivas ráfagas de jazmín…».
Y es inevitable poner ese verso en comunicación con el de Lorca cuando canta que «Sobre la noche verde/ las saetas/ dejan rastros de lirio/ caliente». Jazmín o lirio, metáforas en el aire perfumado de las saetas atemporales.
Según el Diccionario de la Real Academia Española de 1970 la palabra saeta tiene varias acepciones. Escojo ese año porque Quiñones da a imprenta el poemario Circunstancias y acordes que incluye el poema “Cantaor” que viene también al caso en este rastreo de huellas flamencas y saeteras en su obra. Quinta acepción de la palabra saeta en el Diccionario de la Real Academia Española de 1970: «Copla breve y sentenciosa que para excitar a la devoción o la penitencia se canta en las iglesias o en las calles durante ciertas solemnidades religiosas».
En el libro De Cádiz y sus cantes Quiñones va en busca de esa saeta que él mismo escucha en las noches vividas de la Semana Santa, entre ellas aquellas que encuentran como destinatario el rostro armenio del Nazareno del barrio de Santa María tanto en la salida, bajando por la estrechez de Jabonería como en las recogidas del recuerdo de los más antiguos, esa «fe de los mayores machadiana» donde la saeta se tornaba carcelera.
Pero antes de seguir profundizando en la saeta según Quiñones aclaremos el concepto yendo a las fuentes flamencólogas adecuadas, a Manuel Ríos Ruíz que la califica como «la más telúrica manifestación religiosa del pueblo andaluz», o a Ángel Álvarez Caballero que recoge en su libro Historia del cante flamenco lo que le leyó a Quiñones en De Cádiz y sus cantes, que en Cádiz fueron memorables las madrugadas de los últimos Viernes Santos del siglo XIX cuando Enrique el Mellizo se situaba con sus hijos en los cuatro balcones de la casa que habitaban en las calles de Mirador y Botica, y allí retenían el paso del Nazareno interminablemente, por obra y gracia de sus espléndidos cantes, a los que respondían otros saeteros anónimos entre la muchedumbre que se apretujaba expectante en aquel angosto rincón.
Saetas por siguiriyas y por martinetes, e incluso por soleares, polos y cañas que situaban a la saeta dentro de los cantes flamencos, aunque no fuera flamenca en su origen antiguo y litúrgico cuando se ejecutaba como un recitado salmodiado. En cualquier caso, la saeta sigue siendo objeto de especulaciones históricas cuando se trata de bucear en sus antecedentes o de vincularla a la Semana Santa de finales del siglo XIX.
Hay un tipo de saeta primitiva que en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo pervivía en Arcos de la Frontera, pueblo de una enorme tradición en Semana Santa, y que nos lleva a ese canto liso y llano de reminiscencia gregoriana. Se cuenta -me lo corrobora el poeta arcense Pedro Sevilla- una anécdota con algo de apócrifa que tiene que ver con Quiñones, la saeta y Arcos. Al escritor gaditano le unía con Arcos una relación muy especial que partía de las conexiones poéticas y generacionales con el Grupo Alcaraván del que formaban parte los hermanos Murciano y Julio Mariscal, uno de los poetas de mayor hondura que ha dado aquella tierra.
Un Jueves Santo que se pierde en la memoria de los días Fernando Quiñones, con la noche encima, y alguna copa de más, y como buen cantaor aficionado que era, se puso delante del paso del Cristo de la Vera-Cruz que es una procesión solemne y soltó arrodillado una saeta nada ortodoxa según los cánones de los saeteros arcenses. Aquella saeta improvisada, a destiempo, provocó la sorpresa de la Guardia Civil que custodiaba el paso y de todos los que integraban aquella procesión.
No sabemos si esto que acabo de contar tendría hoy consideración de fake, aunque Pedro Sevilla me cita informantes de aquello tan veraces como el poeta Cristobal Romero, que en paz descanse, o el también poeta y flamencólogo José María Velázquez Gaztelu. Lo que sí es evidente es que Quiñones se perdió algunas veces en las noches de la Semana Santa de Arcos en busca de ese pellizco de la saeta primitiva, sabedor de la excepcionalidad que Arcos tenía como tierra de saeteros con pedigrí.
Volvamos la vista al libro De Cádiz y sus cantes, edición revisada del año 1974, de la que se cumple medio siglo y año por cierto de mi nacimiento. Quiñones hace memoria de los cantes de Cádiz, del estilo y los estilos, del pathos y del duende, de los cantes gaditanos «de alante» y «de atrás» para terminar refiriéndose a la saeta en un apartado destinado a otros cantes. Destaca nombres propios de la saeta gaditana como Carlota Jiménez y Chele Faleta, entre los antiguos, y entre los contemporáneos nombra a Manolo Martín citado con el diminutivo de Manolillo, Santiago Donday del barrio de Santa María y la Mónica. En el caso de Donday su voz bronca y quemada, tal como la definió Quiñones, se prestaba bien a la interpretación de las saetas que tanto conectaban con esa búsqueda de la autenticidad, de la pureza en un género como el del flamenco que podía sufrir contaminaciones indeseadas.
A la condición de saetero notabilísimo de Manolo Martín le dedicó Quiñones un artículo en la revista de Semana Santa Estandarte que dirigió el recordado cofrade gaditano Bernardo Periñán, fundamental a la hora de trazar la historia de la cofradía universitaria de Jesús Caído. “Evocación de un saetero” se titulaba aquel viejo artículo que enlaza con esta parte que Quiñones dedica a glosar la saeta en el libro De Cádiz y sus cantes.
Escribe Quiñones: «Aún alcanzamos a escuchar en Cádiz, y en una ya vieja mañana de recogida de la Cofradía del Perdón, un neto ejemplo de la primitiva, llana, sosa y ya casi desaparecida saeta no flamenca que parecía más bien una plegaria cantada». Y es, después de este apunte, cuando Quiñones viaja a la memoria cantada de los últimos Viernes Santos del Ochocientos «cuando en los cuatro balcones de la casa que habitó la familia en la esquina de las calles Mirador y Botica, el Mellizo viejo y sus tres hijos, Carlota, Hermosilla y Antonio, retenían el paso del Nazareno interminablemente, al conjuro de sus espléndidos cantes semanasanteros, con medio barrio comprimido en un estrecho ángulo urbano y otros saeteros -la Angustias, Pepa Ortega, Lola Durán, hermana de El Pipa-alternando con el cuarteto familiar».
Esta crónica saetera de Quiñones es la que rescata y calca con menos enjundia Álvarez Caballero en el citado Historia del cante flamenco publicado por Alianza Editorial en 1981 con alusión a la fuente en la bibliografía que figura al final del libro. Como apuntaba Javier Osuna en su libro Cádiz, cuna de dos cantes determinadas corrientes que historiaron el flamenco no quisieron prestar atención a las magistrales saetas decimonónicas que el Mellizo regalaba cada año desde los balcones de su barrio de Santa María, quizá por no contradecir la extendida teoría de Hipólito Rossy que atribuía precipitadamente a Manuel Centeno su creación a principios de los años veinte.
Quiñones en De Cádiz y sus cantes documenta, valiéndose además de la prensa gaditana decimonónica, la impresionante garganta de Enrique el Mellizo cantándole saetas al Nazareno. En El flamenco, vida y muerte, también le ensalza y le reconoce como una especie de pequeño Beethoven del pueblo que además de cantaor era banderillero y matarife y que en el campo melódico se le debían varios tipos de soleares, la invención de los tientos, la de una siguiriya gitana y por supuesto la de un par de saetas.
Quiñones buscaba en las saetas que escuchaba el tronco, la raíz, la fuente del mismísimo Mellizo y el fuego de su misterio, citando a Gerardo Diego que en 1969 en las páginas de La Estafeta Literaria también buscó penetrar en la saeta como cantar del pueblo andaluz, sentimiento que sin guitarra se canta según dijera en verso Manuel Machado.
Todo ello nos vuelve a conducir a un Jueves Santo gaditano de la primera posguerra, al poema “Ahí sale”, de estructura libérrima, dedicado al Nazareno de Santa María donde la saeta es citada como parte fundamental del acervo andaluz, de la Semana Santa entendida como rito, pero también cómo música y cante, parte de ese misterio del arte flamenco, citando el libro del poeta cordobés Ricardo Molina en el que tanto tuvo que ver el propio Quiñones.
Conferencia pronunciada en el Aula de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, 15 de noviembre de 2024, dentro del congreso sobre Fernando Quiñones y el flamenco.

