Cría Cuervos, 50 años más tarde

Llama poderosamente la atención que Agustín Sánchez Vidal en su más que recomendable libro sobre Carlos Saura omita a la hora de aproximarse a Cría cuervos la importancia que en la película tuvo la canción “Porque te vas”, susurrada, más que cantada, por Jeanette y compuesta por el conquense José Luis Perales en los comienzos de su carrera. Solo Saura creía en la inclusión de “Porque te vas” en la banda sonora de su película en la que también figuraba el músico barcelonés Federico Mompou y la copla “Ay, Mari Cruz”, firmada por el triángulo Valverde, León y Quiroga.

Cría cuervos, su propio alcance emocional, no puede separarse de la susurrante Jeanette cantando “Porque te vas” y de ese momento del cine español en el que la niña Ana Torrent la pone a todo volumen en un tocadiscos y la comparte con sus hermanas. La banda sonora es indicativa de la melomanía de Saura quien terminará rodando películas musicales. En Cría cuervos tiene su importancia la música clásica, pero sin desdeñar la importancia de la copla como memoria sentimental de un país, tan denostada por cierta izquierda que la sentía instrumentalizada por el franquismo, sin atender a sus valores intrínsecos. Y también Saura sabe fijar su atención y su oído en una canción pop del momento como la que interpreta Jeanette, que también la cantará en francés.

La niñez y la muerte, podría ser un título alternativo para Cría Cuervos. Porque la muerte asedia a las tres niñas protagonistas de la película que han perdido a su madre, fantasma omnipresente, dulcemente evocado, y que las somete a una orfandad dolorosa, obligadas a la tutela de su tía tras perder también al padre, miembro del estamento militar franquista al que Saura cuestiona en sus películas como reflejo evidente del inmovilismo belicoso del régimen.

De Cría Cuervos destaca la producción de Elías Querejeta, el montaje de Pablo G. Amo y la fotografía de Teo Escamilla que sustituye a Luis Cuadrado que ese año deja su impronta en Furtivos, la película de José Luis Borau, que es rural y no urbana, pero ataca también los cimientos de la ya agonizante dictadura, en paralelo al discurso de la película de Saura.

De la niña Ana Torrent, revelación del cine español en El espíritu de la colmena de Erice, solo puede hablarse en términos positivos porque su mirada y presencia Cría Cuervos otorga a la película una emoción pocas veces alcanzada en nuestra cinematografía.

La infancia que Ana como mujer evoca no fue precisamente feliz porque padeció la hostilidad del mundo adulto con sus trampas e infidelidades y así lo expresaba en un primer plano sobre fondo neutro en el que Saura parece proceder a la manera de Ingmar Bergman:

No entiendo cómo hay personas que dicen que la infancia es la época más feliz de su vida. En todo caso para mí no lo fue y quizá por eso no creo en el paraíso infantil ni en la inocencia ni en la bondad natural de los niños. Yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste donde el miedo lo llenaba todo, miedo a lo desconocido.

A Ana, en esa niñez interminable solo lo salva el recuerdo imperecedero de su madre, pianista frustrada, a la que interpreta Geraldine Chaplin que hace también las veces de Ana adulta. Cría cuervos fija un retrato familiar que desbroza y cuestiona la propia moral franquista, el cinismo por el que se regían las clases pudientes y los miembros del ejército. Las víctimas de esa sociedad patriarcal y agresiva son las mujeres y es hacia ellas donde Saura posa una mirada poética y comprensiva que extiende de Ana -madre e hija- a Rosa la criada, interpretada por Florinda Chico, y que llega hasta el personaje silente de la abuela interpretada por Josefina Díaz, impedida en una silla de ruedas, cuya única distracción es contemplar un mural con fotografías antiguas en las que se revela su propio ayer, la memoria extinguida de lo que un día fue.

Cría cuervos posaba asimismo a mirada en la encrucijada histórica del país. Todo está contenido en el rostro de la niña Ana Torrent. Ella revela las señas del futuro. También los estragos del pasado que habita en la propia unidad familiar desgarrada y desgajada que Saura retrata en su película.

No deja de resultar simbólico que el cineasta sea entrevistado cuando está montando la película por Fernando Vizcaíno Casas, escritor de éxito coyuntural y reconocido cinéfilo, ubicado en las antípodas ideológicas de Saura. Es un encuentro cordial, con whiskies de por medio, que luego será reproducido en el libro de entrevistas de Vizcaíno Casas Café y copa con los famosos publicado en 1976: “Saura tiene el perfil agudo, esquinado –escribe Vizcaíno-, el pelo rebelde como su carácter”. En la entrevista el autor de Y al tercer año resucitó incidía en el erotismo de Saura, simplificando enormemente la evolución del cineasta como autor de cine. Para las mentalidades reaccionarias, más afines al régimen extinto, Saura venía a ser un cineasta indudablemente incómodo, que ponía el dedo en la llaga en las estructuras miserables de la dictadura y cuyo cine personal no era precisamente acomodaticio. Cría cuervos venía a ser otro importante capítulo de su filmografía. Todavía hoy permanece como una de las obras más emblemáticas y expresivas del cineasta.

Juan Benet, el magnífico escritor madrileño, prestó su atención a Cría cuervos. La obra de Benet, enormemente exigente, indaga en la Guerra Civil y sus consecuencias. Esta marca o huella indeleble le aproximaba a Saura. El guion de Cría cuervos lo editó Elías Querejeta cuando expiraba 1975, de la misma manera que había hecho con La prima Angélica, la anterior película de Saura. Sirvió de pórtico a esa publicación un prólogo de Benet donde reflejaba su relación con el cine para terminar alabando la película de Saura y su visión de una infancia melancólica pero indudablemente mejor que lo que pudiera aguardar el mundo adulto lleno de fracturas. Un guion lleno de matices y sensibilidad donde Saura proseguía la profundidad psicológica de situaciones y personajes que ya había demostrado en sus últimas obras. En Cría cuervos Saura se expresaba en clave femenina, como si su ruptura con Azcona le posibilitara más libertad a la hora de situar a la mujer en primer término, de escarbar en su identidad o en este caso en la personalidad de una niña que llena la pantalla con sus incertidumbres tras perder a sus padres.

No toda infancia es feliz. La infancia está llena de angustia, zozobra, miedo. Así le describe Saura la niñez a Joaquín Soler Serrano en el mítico programa de TVE A fondo en una entrevista grabada en 1976.  No toda infancia la canta el poeta con una deleitación evocadora. La infancia de la niña de Cría Cuervos es una infancia de ausencias dolorosas, sobre todo la ausencia muy presente de la madre muerta que la sume en un estado de melancolía difícilmente reparable. Como ya sucedía en La prima Angélica, Cría cuervos funciona a base de estampas o cuadros que finalmente se ensamblan o conforman una totalidad y un significado.

La infancia de Ana en Cría cuervos entronca con la de Luis en La prima Angélica, una infancia solitaria y melancólica edificada en torno a ausencias e incomunicada debido al trato frío y distante de la tía, interpretada por Mónica Randall y a la mudez y desmemoria de la abuela mientras sí hay un vínculo comunicativo que la niña establece con su criada.

Entramos ya en una España de transición democrática. La niña Ana viene ser la niña de un tiempo nuevo pero una niña sometida a una tristeza que no parece tener fácil reparación y a una serie de personajes que simbolizan el franquismo que va a quedar atrás. Saura vertebra algunas secuencias en torno al sonido extradiegético de un piano melancólico. La manera de aposentar la cámara en el rostro de la niña Ana Torrent es absolutamente maravillosa. Vemos a la niña fijando la mirada en los objetos cotidianos, hundiéndose en el sofá, mirando al vacío, llamando a su madre ausente desde su cama.

Nos duele a veces sus hondos silencios tan elocuentes, su inevitable ensimismamiento.  La cámara se mueve por la casa. Recorre los espacios, íntima y sosegadamente. Esto se va a repetir en Elisa, vida mía. La poética de los espacios y de los objetos. Ana Torrent está espléndida. Llena la pantalla. Se apodera de ella. Saura la dirige con maestría.

Cría cuervos se rueda mientras agoniza el franquismo. En otra escena, con Bergman de nuevo como referencia, la niña Ana contempla una fuerte discusión de su padre, al que interpreta el actor argentino Héctor Alterio, y su madre, quien ya padece una enfermedad incurable y no se siente amada. La película se abría con la muerte del padre que no ejercerá precisamente de marido ejemplar en el matrimonio. La manera en la que Saura retrata al personaje de Alterio no va a gustar a muchos militares que no admiten que se le retrate como una mala persona que engaña a su mujer. Será otro episodio más en el que Saura chocará con los poderes fácticos de la España atávica. Pero ya el país avanzaba hacia una democracia y cualquier muestra de censura o prohibición hubiera desatado multitud de críticas.

La niña Ana pasea por la casa de noche con sus inmensos ojos negros que todo lo abarcan. Bucea en los recuerdos y a su modo urde planes para vengarse de la muerte de su madre que atribuye a su padre o del rechazo que siente hacia su tía que la tutela. Asimismo, dialoga con el fantasma de su madre que va y viene por la casa. Saura escribe el guion de Cría Cuervos en solitario tras agotarse a nivel creativo su relación con Azcona. La fotografía corresponde a Teo Escamilla, otro profesional intachable. La película está rodada con un clasicismo digno de encomio. No hay subrayados ni molesto uso del zum o zoom si incurrimos en anglicismo. La cámara cuando se aproxima lo hace sin estridencias, con elegancia.  Busca el rostro del personaje de Ana Torrent que llama a su madre desesperada, entre lágrimas. Su tía Paulina, que se hace cargo de ella y de sus hermanas, poco puede hacer para que la situación pueda cambiar.

La niña Ana mira un mundo que a su modo va extinguiéndose, desapareciendo. La España de 1975 fluctúa entre el franquismo que representa el pasado y el futuro de expectativa democrática que se adivina. Una de las niñas le pregunta a Rosa cuando terminó la guerra. Ahí se filtra la Guerra Civil, como apunte, como desgarro aún presente, y consecutiva a esa pregunta Saura filma a Ana con una pistola de su padre en la mano ante la reprimenda de la criada y el manotazo de su tía. La forma de huir que elige Ana es poner nuevamente el disco de Jeanette cantando “Porque te vas”.  Melancolía sobre melancolía. Lluvia sobre lluvia. Y los álbumes familiares –tan fascinadores para Saura- con su música callada, el mundo infantil en contraposición al cínico mundo adulto y la niñez aturdida y malévola y Saura firmando una de sus obras maestras.

Cría cuervos compitió en el Festival de Cannes. Una vez más Saura tuvo el reconocimiento internacional logrando el Premio Especial del Jurado de 1976, ex aequo con La marquesa de O de Rohmer. Para el cineasta aragonés supuso un éxito de público mayor que el de La prima Angélica. Cría cuervos tuvo incluso una buena acogida en Estados Unidos.

La película termina con las tres niñas camino del colegio religioso, de vuelta a sus obligaciones escolares. Comienza un nuevo curso. El plano luminoso de las tres hermanas pasando entre anuncios publicitarios, de Galerías Preciados al refrescante Trinaranjus, tiene también su simbolismo. Cría cuervos comenzaba con el velatorio del padre, en la oscuridad de la muerte, del pasado militar clausurado. Se cierra con el porvenir de esas tres niñas que habrán de abrazar un tiempo nuevo, radicalmente distinto al anterior pero marcado por la muerte y cierto desamparo familiar, como apuntó Juan Benet:

Ciertamente la horrenda tragedia por la que han pasado las niñas –sobre todo la central y sólo porque a causa de su insomnio ha sido testigo de las escenas más crueles, pues Saura con sumo tiento ha tenido buen cuidado de no manifestar en ella un rasgo de carácter decididamente diferencial- pesa demasiado para que quepa esperar otra cosa; el abandono de la madre y una muerte presentada con sus rasgos más atroces; la sustitución de su ternura por la disciplina ancilar; la culpable frivolidad del padre, el implacable distanciamiento del mundo de los mayores y esa crisálida del vacío que no será capaz de romper una canción ni una muñeca ni una pistola ni una excursión al campo ni la cháchara agridulce de la doméstica, pautado y acentuado por el paso frente a la puerta del dormitorio –casi siempre en la misma dirección- del fantasma querido de su madre.

 En el mes de diciembre de 2017 la película fue proyectada en la Cinemateca francesa. Cría cuervos era una de esas obras de Saura que el público y la crítica francesa estimaban profundamente. Y la estimaban también por ser una película que se podía leer en clave simbólica a la manera de Ana y los lobos, pero de una manera menos enfática. Una obra sobre la infancia y la muerte, pero también alegórica con personajes que actúan como símbolos: el padre, militar arrogante, símbolo de la autoridad franquista, la madre, víctima que pudiera representar a la república, la abuela, representación de la España muda, inmovilizada, amnésica, bloqueada por el pasado y como protagonista del relato la niña Ana que es la fuente del porvenir, pero a la que también visitan los fantasmas del pasado a través de la omnipresente madre muerta. Ana que se refugia en la imaginación y en la música donde encuentra una forma de huida, de aislamiento. Todos estos elementos se ponían de relieve en la presentación de la película en la Cinemateca francesa.

Cría cuervos es además una película que inspira a los poetas como clásico indudable del cine español que compone un fresco lírico, sociológico, vital en el que es fácil sentirse reconocido.  Claudia Masin, poeta argentina, en su poemario cinéfilo La vista le dedicó un poema a la película, un poema que supone un diálogo intenso con ella, tal como refleja este fragmento que sirve de apertura:

Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad.

Vigías que saben que no pueden deslumbrarse

con su propio sueño, pasamos las horas

tejiendo una tela finísima alrededor

de nuestro miedo. Después, muchos años después,

solías decirme, llega el olvido y podemos dormir

sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado (…)

  • Nota: Revisión del texto publicado originalmente en el libro Carlos Saura, cineasta de la memoria de Luis García Gil