Vidas rebeldes (1961)

El rodaje de Vidas rebeldes contó con testigos de excepción: los fotógrafos que envió la agencia Magnum, entre ellos Henri Cartier- Bresson, Eve Arnold, Inge Morath, Dennis Stock o Elliot Erwitt. A Marilyn Monroe, en la que sería su última película, Cartier- Bresson la fotografió sosteniendo un vaso en la mano, la mirada melancólica, un tanto perdida, la levedad de su sonrisa, a punto del desplome, como su personaje en la película que estaba rodando.

El título original en inglés de Vidas rebeldes era The misfits, es decir Los inadaptados, un título que define mucho mejor la deriva de los personajes errantes que protagonizaban la película con guion del dramaturgo neoyorkino Arthur Miller.

John Huston venía de rodar el western Los que no perdonan con Burt Lancaster y Audrey Hepburn. Vidas rebeldes versa sobre el fracaso, cuestión que atañe a otros momentos señalados de su filmografía, como la obra maestra Fat city, ciudad dorada que dirigirá a principios de los años setenta.

Huston filma en Vidas rebeldes rostros al borde mismo del derrumbe emocional y físico. Un deterioro filmado en blanco y negro que no acaba al finalizar el día del rodaje, sino que afectaba a los propios actores de la película, en pleno proceso de autodestrucción, especialmente Marilyn Monroe, a la que ya acechaba la muerte que le llegaría el 4 de agosto de 1962 por sobredosis de barbitúricos. También penaba Montgomery Clift desde aquel accidente de coche sufrido en 1956.

Cada uno de ellos arrastraba heridas y cicatrices, circunstancias vitales particulares. Para Clark Gable, Vidas rebeldes sería también su último rodaje. Nacido en el Cádiz de Ohio, el protagonista de Lo que el viento se llevó fallecería antes de cumplir sesenta años, sin ver nacer al que sería su segundo hijo.

Nunca estuvo Marilyn Monroe tan bella como en esta película final de su carrera. Hay una belleza límpida y trágica a un tiempo, como una melancolía desesperada. Ella ilumina por sí sola la película. Es un rayo de luz en la tormenta. Roselyn, su personaje, era un reflejo de sus propios fantasmas. Arthur Miller la retrata desde su fragilidad y vulnerabilidad mientras su relación con ella hace aguas. Huston conocía a la actriz desde sus comienzos. Siempre la vio vulnerable, pero siempre vio en ella esa aura que la convertiría en estrella. Ya la había dirigido diez años antes en La jungla de asfalto. En sus memorias el cineasta la evoca con cariño y también resalta la dificultad de dirigirla en aquella película, sumida ya en depresiones profundas, entre somníferos y adicciones.

Vidas rebeldes tenía algo de western crepuscular. Huston filma rostros a la deriva. En cierto modo la cinta conforma una poderosa elegía en forma de triángulo que forman los personajes protagonistas a los que se añade Eli Wallach, antes de cruzarse con Clint Eastwood y Sergio Leone en el desierto de Almería en El bueno, el feo y el malo, culminación de la trilogía del dólar.

No parece haber posibilidad de redención para quienes naufragan en los paisajes desérticos de Nevada. «Morir es tan natural como vivir» dice Gay Langland, el vaquero al que da vida Clark Gable. Huston sabía cómo retratar el alma de los perdedores de quienes bebiéndose todo el alcohol que pueden, se beben a su vez su propia vida, como un modo de alejarse de una realidad que les golpea fieramente en lo que constituye una huida hacia adelante que es más bien una huida hacia ningún lugar, entre concursos de rodeo y caballos salvajes.

Carlos Aguilar en su Guía del cine -por otro lado, indispensable como manual de consulta- menosprecia la película. Leonard Maltin en su Film Guide le otorgaba tres estrellas, lo que no estaba mal, si es una película puede reducirse a estrellas. En su libro sobre Huston, en Cátedra, Marcial Cantero parece tenerla tomada con Marilyn y no aprecia su interpretación en la película, que a mí me parece magnífica, a pesar de estar viviendo en el alambre.

En todo caso, la película merece una mayor consideración dentro de la filmografía de Huston, en la que primaba un individualismo libertario, consustancial a sus personajes, como apuntó Christophe Lecrerc en Le cinéma de John Huston que firmó en Vidas rebeldes una de sus obras más emblemáticas, antes de volver a dirigir a Montgomery Clift en Freud, una pasión secreta. Entre los secundarios de Vidas rebeldes también destacaba la gran Thelma Ritter que fue nominada hasta seis veces por la Academia de Hollywood como actriz secundaria. Nunca lo ganó.

Huston buceó en algunas de sus películas en el alma de esa América de inadaptados, perdedores y desclasados. Vidas rebeldes, que transcurre en Reno, es ejemplo de ello con fotografía del californiano Russell Metty, Oscar a la mejor fotografía en 1961 por Espartaco. Hay en la fotografía de Metty una inspirada indagación en rostros y paisajes.

La vida en el cine, el cine en la vida, lo que el cine revela de supervivencia, de mitología, en esa manera de fijar en la cámara las imágenes postreras de las estrellas hollywoodienses. Vidas rebeldes tiene algo de último suspiro revelado y de retrato agónico de un grupo de personajes a los que la realidad ha descosido por dentro y por fuera. Es ese su principal valor, la veracidad de sus encuadres, lo que los personajes dicen a través de sus miradas, el estudio de caracteres a cuatro bandas que supo plasmar John Huston en la gran pantalla, tal como escribió Christian Aguilera en su libro John Huston. En la frontera de la vida.