Camino por la playa. Cae la tarde. Sopla una ligerísima brisa otoñal. La playa tiene un encanto indudable en esta época del año. Aún la temperatura permite que algún bañista se adentre en las aguas. Mis ojos se van hacia una pareja de enamorados en el mar. Son jóvenes, felices y eternos. Ella y el. Él y ella. Sin zozobras. Solo disfrutando de este momento que les otorga la vida. Para llegar a este momento han debido sumarse otros muchos momentos. Ella da saltos de alegría en el agua. Parecía una niña. Mientras saltaba él la miraba. Ella y él. Él y ella mientras atardecía en la playa y yo iba caminando a solas con mis pensamientos.
Y me acordé de Sandra Peña, la adolescente sevillana que se lanzó al vacío tras salir del colegio y pensé en aquella estrofa tan cantada de «Palabras para Julia» el poema que José Agustín Goytisolo dedicó a su hija: «Nunca te entregues, ni te apartes/ junto al camino nunca digas/ no puedo más y aquí me quedo/ aquí me quedo». Pero Sandra no pudo más y se entregó a la muerte, víctima de acoso escolar y víctima también de un sistema que mira hacia otro lado y deja indefensa a las víctimas como si la solución fuera cambiar de clase a quienes perpetúan el acoso y seguir con las rutinas colegiales como si tal cosa.
Algo se moría dentro de Sandra y nadie hizo lo que debía, abandonada a su suerte, recién salida de la infancia, desprotegida en un mundo en el que habitan monstruos con piel de cordero, que insultan y despedazan. Ahora ya es tarde para casi todo. Juro que lloré mientras caminaba por la playa mientras pensaba en Sandra que ya no cumplirá la edad que tiene ahora mi hija, los quince venturosos años de la adolescencia eterna que no debería ser quebradiza ni cantarse como un desgarro, como una elegía lacrimosa.
Pensé en todo lo que a esta niña le han robado, todo lo que ya no podrá ser ni hacer en una vida injustamente apagada y truncada, en esos momentos de felicidad futuros como los de esa pareja de enamorados que se bañaban en la playa mientras caía la tarde de octubre en Cádiz y yo caminaba por la arena
Y pensé también en esa familia inconsolable que ha enterrado a su hija. Porque la vida seguirá para todos pero no para ellos. Seguirá para las acosadoras y para las familias de las acosadoras, para quienes no hicieron lo que debían y no abrieron los protocolos oportunos. Ellos tendrán domingos al sol y un tiempo por venir. Lo que le fue negado a Sandra en el insulto y en el desprecio reiterado de las arpías. ¿Cómo debieron hacerla sentir para que ella solo encontrara salida en el suicidio?
Camino por las playa. Cae la tarde. Lloro la desventura y sus conjuntos. Pienso en esos padres. Me gustaría abrazarles. Miro a mi hija y pienso entre lágrimas sinceras lo que deben estar pasando y en toda la vida que Sandra ya no podrá vivir.
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