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Rimbaud en Rímini (La primera noche de la quietud)

Por Luis Garcia Gil | 3 diciembre, 2021 |
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Es invierno en Rímini. La niebla suele ser espesa a ciertas horas. Se adueña de la ciudad, de las estatuas silentes, del mar furioso. Alain Delon es un profesor que parece venir de vuelta de muchas cosas, en el borde mismo del derrumbe físico y moral. También ha practicado la poesía como forma de defenderse de las propias ofensas de la vida. El profesor Dominici, que así se llama el personaje, transita por la mediana edad. Da clases con desgana y se pierde en las noches de Rimini en las que abundan tahúres y busconas. Hay dos muertes que Dominici lleva impresas en el rostro, la de su prima Lidia por mano propia y la de su padre.

La película se tituló La primera noche de la quietud. En Francia tuvo un título menos poético, Le professeur. La dirigió el boloñés Valerio Zurlini en 1972. Diez años antes el cineasta italiano había filmado a una bellísima Claudia Cardinale en La chica de la maleta. Zurlini dirigió apenas una decena de películas. Fue un cineasta inconstante. La primera noche de la quietud tiene todas las connotaciones de un filme crepuscular y testamentario, aunque Zurlini se despediría del cine cuatro años más tarde con El desierto de los tártaros.

La primera vez que vi La primera noche de la quietud rondaba aún la adolescencia. Tuvo que ser a una hora intempestiva en un pase televisivo. Me sedujo el desarraigo existencialista que impregna toda la película. Esa melancolía no forzada de ambientes y personajes. Había que creerse a Alain Delon como poeta maldito, descendiendo a sus propios infiernos personales, luchando por sobrevivir. Una especie de Rimbaud contemporáneo en un Rímini invernal.

Su personaje llega a esa ciudad del nordeste de Italia en busca de su propio pasado. Le vemos fumar y beber con exceso, con un abrigo largo casi omnipresente. Dominici trasnocha, apenas duerme, lee El Fígaro Literario, no cree en Dios, recita a Giovanni de la Casa (“Oh, sueño, de la quieta, húmeda, umbrosa noche…”)  y se deja ir por la ciudad invernal como jugador impenitente. Tiene una pareja llamada Mónica a la que interpreta Lea Massari que viene de esa delicadeza incestuosa titulada Un soplo al corazón que filmó Louis Malle. Lea Massari sale ojerosa, cansada, como si la vida misma le hubiera pasado por encima.  Hace el amor con Alain Delon, pero en la forma en la que los cuerpos se tocan, se besan, hay como un cansancio de quienes ya no se aman, de quienes han perdido la brújula de sus vidas.

Todo es turbio en La primera noche de la quietud, título hermosísimo, tomado de un verso de Goethe. La música jazzística, que firma Mario Nascimbene, es perfecta como forma de acoger el relato tempestuoso. Un saxo acompaña no solo algún deambular del personaje de Alain Delon, sino el propio paisaje urbano de Rimini, sus monumentos, el muelle, las casetas de la playa, todo ese rigor invernal que constituye el mejor marco posible para lo que se está narrando. El verano es una entelequia lejanísima.

En La primera noche de la quietud hay un amor sobrevenido. El profesor al que da forma y sentido un desastrado Alain Delon se enamora de una de sus alumnas. Ella es Sonia Petrovna. En uno de sus flirteos le regala un ejemplar de la novela Vanini Vanini de Stendhal. La literatura corre por las venas de esta película tortuosa, intrincada. También la noche prostibularia, la orgia, el sexo, el deseo amputado, magullado, desolado.

Vuelvo sobre La primera noche de la quietud. No conozco Rímini, aunque podría decir que sí la conozco gracias a la película de Zurlini, a través de los ojos de Alain Delon, de la odisea de su personaje, un hombre a la deriva, como tantos. A veces nos gusta abrazar el pesimismo trágico, la torrencial lluvia, las marcas de la vida en los rostros duramente filmados por la cámara. Zurlini agita un vaso tormentoso. Entrega una obra agónica, lacerante en la que suena Ornella Vanoni cantando “Domani e’ un altro giorno”.

De todas las escenas de La primera noche de la quietud hay una especialmente hermosa. Es aquella en la que Dominici lleva a Vanini, su melancólica alumna, hasta Monterchi para contemplar La Madona del Parto de Piero della Francesca. El arte infinito entra en escena, se apodera de la película, redime fugazmente a esos dos personajes que se han encontrado. Dominici le dice a Vanini, su alumna:

En 1460, la comunidad de campesinos de Monterchi, le encargó a Piero esta virgen. Los autores del encargo no eran ni Papas, ni príncipes ni banqueros. Y puede ser que inicialmente Piero aceptase el encargo un poco a la ligera. A pesar de eso se produjo el milagro de esta dulce campesina adolescente, orgullosa como la hija de un rey…”. Luego añade que ella parece complacida, pero no feliz. «Tal vez -continúa- ya siente trágicamente que la vida misteriosa que día a día crece en ella terminará en una cruz romana como la vida de un malhechor”. Dominici se acerca al fresco. Cita a un poeta. Vemos el rostro de Sonia Petrova inundado de melancolía. Zurlini la sostiene en el plano. Ha obrado el milagro de una escena en la que su cine trasciende como esa Madona del Parto pintada por Piero della Francesca.

Releyendo Roma, peligro para caminantes de Rafael Alberti, en la edición de Luigi Giuliani para Cátedra, me encuentro con el poema que el gaditano dedicó al perro del cineasta: “A Marco, perro de Santa María in Trastevere”. Busco alguna imagen de Alberti con Zurlini, pero no la encuentro, señales de la amistad romana del cineasta y el poeta.

Evoco a un desamparado Giancarlo Giannini por las calles invernales de Rímini. Es otro de los actores de una película que muestra las maneras en las que Alain Delon se buscaba como actor, en papeles que podían ser muy introspectivos. Zurlini había pensado antes que en Delon en Marcello Mastroianni. La renuncia del segundo posibilitó que Alain Delon se hiciera con el papel.

Hay en esta película triste mucho de la resaca que dejó el mayo francés. Es una película honda y trágica, que hay que verla como quien lee un poemario de amargura confesa, mientras llueve detrás de los cristales, con esa actitud de dejarse seducir por la melancolía de los personajes errantes. Somos un poco ese Dominici bajo la niebla de Rímini, buscando quien ampare tanta soledad acumulada. La vida y sus muchas circunstancias.

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